Dirigentes políticos de países con tradición de despotismo y autoritarismo como el dominicano proclaman a la democracia como su credo y, por lo menos hasta que concurren a unas elecciones, postulan sus principios y procedimientos.
Un fundamento de la democracia es el de someter a la soberanía del pueblo una candidatura, sea en una contienda interna de un partido o en comicios nacionales o provinciales, con el compromiso de acatar y cumplir la decisión de la mayoría.
Sin condicionamiento anterior o posterior de índole alguna.
Si los votantes son mil y quinientos uno votan a favor de un candidato, ese candidato es el ganador y resulta perdedor el que solo alcanzó 499.
Pero como los dirigentes de los partidos solo dicen ser demócratas y postular el respeto de los procedimientos de la democracia, tras unas elecciones internas o nacionales o provinciales en que no resultan ganadores salen a quejarse de que se les ha hecho fraude.
Así establecen, creen ellos, la coartada para su derrota, que los abarca junto a sus estrategas y jefes de campaña.
En un partido de expresión democrática restringida como el de la Liberación, el precandidato Danilo Medina se quejó de haber sido derrotado por el poder en el Congreso interno que escogió de nuevo en 2007 como candidato al presidente Leonel Fernández.
Pero la queja de Medina no pasó de un momento y, con el poder que seguía en las manos del Presidente reeleccionista, el partido tomó el partido de Fernández hasta convertirlo en un caudillo mesiánico.
El Partido Revolucionario no es ese partido de democracia restringida y en cada ocasión va a la consulta de las bases para escoger a su candidato presidencial y, salvo que el precandidato obtenga el 76 por ciento que ganó Hipólito mejía en la convención de 1999, se arma la de quítate y no te menées.
Por lo general, esas crisis, no son más que una expresión de la real esencia antidemocrática de dirigentes que se fanatizan a sí mismos y fanatizan a sus seguidores con la ilusión de que ganarían.
Cuando pierden, deben buscar una coartada que los deje intactos como dirigentes y precandidatos y que mantenga a la gente alrededor de ellos.
Solo esos dirigentes y sus más cercanos colaboradores creen en tales irregularidades o fraudes. Las mayorías, que votaron por uno o por el otro, aceptan de la manera más democrática la posibilidad de haber ganado como la de haber perdido.
Esas mayorías sí son democráticas, aun por instinto, y sí son un buen ejemplo de ejercicio de la democracia como sistema de pensamiento, vida y gobierno.

