Reportajes

Al Pico Duarte dedican excursión a Cuba y a Bosch

Al Pico Duarte dedican excursión a Cuba y a Bosch

El Nacional
Con todo lo que tiene de excentricidad y de ensueño, tuvo lugar una nueva versión, puntual, al Pico Duarte, con énfasis en el valle del Tetero, de la Fundación Camino Ecológico, que dirige el médico José Díaz, dedicada a los 50 años de la Revolución Cubana y a los cien años, por cumplirse, del nacimiento de Juan Bosch en La Vega en 1909.

Como no todo es cansancio y dolor muscular surgieron dos buenos momentos: no llovió durante la jornada de seis días y el bosque de pinos, azotado por un fuego inmenso hace cuatro años, se repone gradualmente.

Un drama en un acto, que tuvo buen éxito de público, fue presentado el día anterior al retorno, recreado por Díaz del cuento La Mujer, de Juan Bosch.

Esta obra es un modelo de la narrativa del escritor dominicano dada su intensidad y  por la fluencia de factores sociales y psicológicos que trata con maestría.

Díaz destacó la significación de estos dos acontecimientos como una lección para las generaciones presentes y las del porvenir. Anunció las nuevas jornadas de 2010.

En esta aventura de 2009 estuvieron José Monción Jiménez, Sobeida Australia Peralta, César  Sterling Canela, guía; José Manuel Serrata, en el mismo oficio; Ana Vanesa Díaz Ruiz, Laura Cecilia Díaz, Vinicio Abad Serrata, Henry Manuel Serrata, Juan Fernando Santana y Francisco García. 

Todo el trayecto al pico comprende los siguientes lugares: La Ciénaga,(llamada también Boca de los Ríos), a mil 110 metros sobre el nivel del mar. Los Tablones: mil 278 metros sobre el nivel del mar; La Cotorra, 1720; La Laguna, 1980; El Cruce, 2 mil 180; Agüita Fría, 2,650;  La Compartición, 2 mil 450; Valle de Lilís, 2 mil 950, y el Pico: 3 mil 087 metros sobre el nivel del mar.

Camino al pico el invierno golpea con severidad el encanto del sonido y las rutas de escape.

Sólo algunas aves valientes y adaptadas se atreven a desafiar las bajas temperaturas de enero.

Entonces puedes escuchar ya, montado en la expedición anual de José Díaz y compartes, al jilguerillo o Euphonia música, una de las más hermosas del trayecto, visible en los meses de temperatura cálida.

Su canto es suave y tiene por hábitat la alta montaña.

Ahí construye con hierbas y plumas un pequeño y delicado globo que le servirá de nido, con un hueco a un lado para entrar y salir, en las palmas que coronan algunos picos, tupidos de piedras rojizas salpicadas de helechos verdes y sonrosados.

La naturaleza ama lo armónico, lo que forma conjuntos que sugieren una gramática de matices, zumbidos y gorjeos.

Las tonalidades que ha adoptado el jilguerillo al impulso de una estética del tiempo, es, sobre su cabeza, el azul con una mancha naranja, una “capa” encima de color negro y un pecho anaranjado.

Es un ejemplar vibrante de la orfebrería boscosa.

No falta en la densidad de los pinares el jilguero (Myadestes

genibarbis) que canta y ensaya como para un cielo que todavía no se ha abierto.

Permanece un tiempo prolongado en la rama del pino o el grayumo como en estado contemplativo, absorto en la paz.

No se sabe si es una estrategia genial suya pero cuando abre su temporada de conciertos no  se sabe de donde proviene el sonido.

Parece que se coloca en el lugar exacto donde su voz se escucha sólo como un eco.

¿Y la Amazona ventalis, que siempre anda de verde, que imita algunas voces, incluso se imita ella misma, y tiene sobre el ojo un círculo blanco, algunas manchas rojas  junto a las garras y azules al final de sus alas y que y anda entre las ramas, libre  como si todo el Universo le perteneciera?

Es la “agresiva” cotorra, cuyo comportamiento tan suyo la condena a la compañía humana, que la enjaula y condena.

Cuando andan en grupo comadrean como si no les importara el mundo y parece que murmuran sueños y desconciertos.

El cuatrojos, Phaenicophilus palmarum, es, como la cigua, endémico.

Se ha ido adaptando a las zonas urbanas llevando con su visión del verde acentuado, su pecho plateado y sus manchas alrededor de los ojos, un aliviado lirismo al tráfago terrible de la vida cotidiana llena de astucias oscuras y de otras pesadillas. Sus huevos, de un tono verde, son gotas de poesía poblada de nidos.

Como una estrella plena de fulgores, el papagayo (Priotelus roseigaster, nombre que sugiere precisamente ese fuego exterior en sus plumas) tiene en el centro del pecho una “bandera” de un rojo imponente.

Aunque pertenece al endemismo criollo y al de Cuba es de un linaje excelso.

Nunca tiene prisa y sus pequeños huevos, como piedras de jade, son de un color verde pálido.

El zumbador esmeralda, (Chlorostilbon swainsonii) un regalo extraordinario de la vida a la vida, es una de las avecillas más hermosas del territorio dominicano.

Al macho le place acentuar el verde sobre sus breves plumas, el tornasol del bronce, el violeta y el azul, con su mancha negra en el pecho como escudo de “armas.”

El pico es como el de un colibrí, rojizo y prolongado y su cola de un oscuro otoñal que sugiere el morado.

La cigua de cola verde  es huidiza y tan tímida que no puedes verla si no te pasas una buena temporada entre los árboles.

Su nombre científico, Microgilea palustris, ya sugiere su diminuto y precioso tamaño. Sus dimensiones surgen de un orden “matemático” perfecto.

Su color es plateado intenso como si tuviera luces, sus ojillos rojos entonados.

Habitante de las peñas y los arbustos, es una criatura hecha de la plata más delicada con los adornos del más fino cobre.

El Nacional

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