Los amores perdidos
(II)
Terminamos con la cita de Cuauhtémoc Sánchez que concluía así: “… Yo quiero aprender a ayudarte sin esperar tu ayuda, regalarte mi ser entero, aunque no reciba una entrega igual”. Se de eso, finalice yo.
Y ciertamente se de dar si esperar que devuelvan igual. Por eso es que sostengo que aun me puedo mirar al espejo y sentir respeto por la imagen que él me devuelve, y sentirme conteste con la canción de Shaquira “El Reflejo” que le fascina al predicador Saulo Hidalgo.
Más que ir donde un juez o un sacerdote a casarse hay que establecer un acuerdo sobre lo básico para vivir en pareja “Si tu dolor no me duele y tu alegría no me alegra, entonces estoy lejos, muy lejos de ti”.
Tenemos que formar los hijos, para que sepan elegir bien con quien se relacionan: Amigos, parejas, bajo el criterio de la dignidad; la honestidad y la justicia pueden ser más importantes que el amor que nos han querido meter entre ceja y ceja como lo último a alcanzar.
Si yo soy un sujeto con valor, el otro también lo es, y debo escucharlo. El odio es menos duro que la indiferencia, a la que le canta Serrat en “Pueblo Blanco”.
Ahora, en el confinamiento por la pandemia, es bueno para los hijos ver que sus padres se llevan bien, que se abrazan, que no se gritan, que ríen juntos.
Ser consistente en eso aunque hayan tenido un día malo, hay que dejar el problema afuera, no mostrar amargura, eso ayuda a que los hijos no creen ansiedad y desarrollen apegos inseguros.
¿Por qué sufrimos por amor?Sin ti no soy nada. Me realizo solo a través de ti. Eso es falso. Cuando se pierde la confianza la mayor certeza del amor es que no te hagan daño intencionalmente, eso va contra mi esencia, mi dignidad, mi individualidad, lo que soy, y creo que por ahora cerramos el tema en “algo más que salud”.
Por. José Díaz
asesaijd@gmail.com

