Huevos enriquecidos con ácidos omega-3 para ayudar a reducir el riesgo de afecciones cardiacas, leche y yogures fermentados con cultivos probióticos para facilitar la digestión, cereales fortificados con acido fólico para las embarazadas y cuyo consumo previene el nacimiento de niños con una rara enfermedad conocida como espina bífida, margarinas con fitoesteroles para reducir complicaciones cardiacas y colesterol, son ejemplos de alimentos funcionales.
Alimentos funcionales son aquéllos que suplen ingredientes que van mas allá de la nutrición.
La alimentación dirigida -término que me gusta más que dieta- tiene como objetivo llenar la cuota de nutrientes para la realización de nuestras funciones fisiobiologicas y en este campo se ha desarrollado la fortificación de los alimentos.
Causa confusión incluso en los médicos- el término alimento funcional con el de alimento dietético. Este último se diseña para satisfacer las necesidades del cuerpo: azúcar de dieta para diabéticos o para mantener la línea, productos Fat Free, Low calorías, no-colesterol….
En cambio, un alimento funcional viene a ser por ejemplo la galleta fortificada y diseñada para distribuir en el desayuno escolar y que no lograron aceptar nuestros estudiantes, por el sabor al paladar que producen los micronutrientes agregados (vitaminas y minerales).
El término alimento funcional se puso de moda en la década del 1980 en Japón, cuando las autoridades japonesas decidieron fortificar alimentos de la canasta familiar con tal de reducir la prevalencia de enfermedades carenciales.
En los países donde la industria alimenticia está muy desarrollada, existen organismos oficiales que regulan, analizan -en laboratorios especializados- el contenido nutricional de los productos de la canasta familiar, justo para evitar que se promocionen productos con cualidades y características que no resisten el análisis científico.
Un alimento funcional cuestionable es el pan con bromato de potasio sustancia inorgánica compuesta por un átomo de potasio y tres de oxígeno, patentada como mejorador del pan en 1914, luego de las investigaciones realizadas en ese año en la Universidad de Pittsburgh y que se involucra con la presentación de cáncer en riñón, tiroides y células del peritóneo y cuya concentración no debe ser mayor de 75 mg por kilogramo de harina.
La sal común, es otro modelo de alimento funcional pues debe ser fortificada con yodo por disposición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y las Naciones Unidas en interés de prevenir la aparición internacional de Bocio y sobre todo en la aparición del déficit de crecimiento y desarrollo en los niños que no consumen diariamente yodo, enfermedad conocida como cretinismo, amén de que el déficit de yodo en la dieta se relaciona con la aparición de cierto tipo de cáncer de tiroides.
Inquieta saber cuáles laboratorios están certificados para dar soporte a los organismos estatales en el análisis de los alimentos. En otras palabras, ¿quién controla los alimentos funcionales en el país?
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