El Nacional
SANTIAGO.- La irresponsabilidad familiar, por un lado, o las dificultades económicas, por el otro, son de las causas por las cuales 76 envejecientes pasan los últimos años de su vida en el Hospicio San Vicente de Paúl, institución de esta ciudad que desde 1923 sirve de albergue a ancianos necesitados.
Esa cruda realidad ha hecho que estos hombres y mujeres con el tiempo comprendan que precisan de tratarse como familias, aunque se hayan conocido en ese lugar, donde todos llegaron con la incógnita de cómo serían recibidos y tratados por sus congéneres y el personal que les sirve sin condiciones.
Algunos, como Juan Bautista Ureña, un anciano de 97 años, que enviudó hace algún tiempo y padre de dos hombres, teme que la muerte le llegue sin volver a verlos.
Es nativo de Santiago Rodríguez, pero vivió en sus años productivos en muchas comunidades, hasta que llegó solo al barrio Los Salados, de esta ciudad.
Cuenta que sus dos vástagos (Rafelito y Santos Ureña Popa) viven en la capital, pero no tiene idea de cómo comunicarse con ellos y lo peor de todo es que no saben que estoy en este lugar, por lo que son remotas las posibilidades de que podamos volver a vernos antes que yo muera.
A pesar de la edad, don Juan ayuda de la mejor manera posible en la limpieza del patio del lugar donde funciona el Hospiciol y muestra su agradecimiento a los demás internos porque poco a poco me están haciendo olvidar la pena que sufro al ver llegar el final de mis días sin que ningún familiar venga a verme.
Juana Inoa, nativa de Palo Quemado, de esta ciudad, quien no recuerda su edad, fue llevada al Hospicio hace varios meses por una amiga ya que la única hija que tiene no tuvo tiempo siquiera para diligenciar su internamiento en el lugar.
Doña Juana tuvo cuatro hijos, los tres restantes varones, incluyendo uno que identificó como Teófilo, quienes ya fallecieron.
Fue precisamente este último quien más se ocupó de ella pero tras su muerte las cosas fueron cambiando para ella, al el extremo de ir a parar al asilo.
Ella añora aquellos años y desearía vivir con su hija, pero comprende que es difícil porque hace años asumió compromisos familiares, tiene hijos y esposo y económicamente no pueden sostenerla.
Doña Juana está resignada a su realidad y aunque es una de las de más reciente ingreso al Hospicio, ha aprendido a cultivar amistad con los demás envejecientes,.
Ella resalta que el trato humano que le dispensan ha hecho que paulatinamente vaya olvidando aquellos años cuando disfrutó de salud y de la compañía de sus descendientes y amigos.
María Dolores Almonte, quien nació en 1932 y vivía en el barrio Cristo Rey de aquí, es madre de dos hijos, uno de los cuales, según su confesión, con su vida irresponsable y desordenada le provocó problemas de salud que motivaron luego la llevaran al Hospicio, donde la recluyeron y ahora prácticamente ni la visitan.
Pero, para ella Dios escribe recto en líneas torcidas, porque en el asilo ha conocido personas que me tratan mejor que mi familia de sangre y aquí todos nos llevamos bien, además de la dedicación con que nos atiende el personal médico y administrativo.
A Persio de Jesús Hernández, nativo de Tamboril, hace algunos años lo llevó al Hospicio un hijo que no pudo seguir atendiéndolo debido a que el anciano confrontaba problemas de salud.
Cuando llegó allí tuvo la sensación de que no se adaptaría a esa nueva forma de vida pero ahora, transcurrido el tiempo, considera que fue lo mejor que pudo pasarle porque disfruto del cuidado tanto del personal de la institución, como de mis compañeros.
El Hospicio San Vicente de Paúl fue fundado el 2 de mayo de 1923, con el propósito de proveer a los ancianos desvalidos las condiciones básicas y esenciales para que puedan pasar con dignidad los últimos años de sus vidas.
Esta filosofía de trabajo se mantiene a pesar de que han transcurrido 86 años desde entonces.
Desde sus inicios es administrado por congregaciones misioneras y, en estos momentos, esa responsabilidad es asumida por las hermanas Dominica de la Presentación que juntamente con una junta directiva, vela por la operatividad del centro.
Sólo recibe ayuda económica formal emanada del Gobiern y el Ayuntamiento de aquí, así como de algunas instituciones y personas locales.
El dinero, de acuerdo a doña Teresita Quezada de Pastoriza, tesorera de la junta directiva, resulta insuficiente para asistir con mayor holgura a los internos.
A nivel del espacio físico que ocupa el Hospicio hay facilidades para albergar a más ancianos.
Pero esto no es posible porque aunque existan las construcciones las limitaciones presupuestarias no resistirían una mayor cobertura.
En el área administrativa laboran 36 personas, además de algunos profesionales de la medicina, incluidos estudiantes de geriatría que realizan la pasantía en el hospital regional universitario José María Cabral y Báez.
Sin embargo este albergue precisa por lo menos una persona graduada en terapia ocupacional, y otra en trabajo social, personal que no puede ser pagado por el Hospicio, por las limitaciones económicas.

