Soy parte de la generación que ni siquiera nació en los 48 años que comprendieron desde la elección de Trujillo hasta la elección de Antonio Guzmán. Lo que conozco de la Era de Trujillo, el derrocamiento de Bosch, el Triunvirato, la Revolución de Abril y los 12 años de Balaguer, son las cosas que he leído o escuchado desde distintas fuentes, y ese poco que sé me es suficiente como para saber que nunca podré imaginar en todo su contexto lo que se vivió en esas épocas.
Sí, he vivido las consecuencias de esos períodos y las convulsiones políticas naturales de la nueva democracia que de ahí se cosechara, lo suficiente como para saber que, si bien no vivimos aquellos tiempos de persecución política real, y que vivimos con una libertad relativa, también es cierto que aún estamos muy lejos de estar bien.
Para fortuna de todos, la represión, la persecución y los asesinatos políticos ya son cosas del pasado. Sin embargo, todavía persiste en nuestro país la mentalidad del bravucón, derivada de un poder real o un poder de hecho (por vía de contactos, un puesto, un rango, etc.) que se ejecuta en perjuicio de otras personas.
Desde el civil que es apresado por el capricho de un oficial, hasta el oficial que es expulsado de su empleo por aplicar la ley sobre un oficial de mayor rango, es una represión que debemos asumir con la misma seriedad que con lo vivido en el pasado.
Que si bien hoy es muy raro que se persiga a los comunistas, no deja de ser igual de grave que se persiga a nacionales de Haití que residen aquí sólo en base a su raza, como así lo demostrara la caja de Pandora abierta con el caso de Nycodem Cony. Luego los dominicanos son de los primeros en rasgarse las vestiduras por la racista Ley de Inmigración de Arizona, pero a lo interno es lo que hacemos.
Por suerte ya no vivimos una época en la que toda la riqueza del país se concentraba en las manos de un dictador, pero hoy estamos amarrados a una clase política voraz y una clase empresarial acomodada, manipuladora y sofocante. El Estado no sólo sofoca los emprendimientos exitosos en un mar de impuestos o prácticas estatistas, sino que también otorga irritantes privilegios a una clase empresarial en general incompetente, cuyo modelo de negocios se centra en aplastar la competencia interna con prácticas desleales y mantener a raya la externa llorando por protecciones, subsidios y contratos exclusivos al Gobierno.
Sí, se logró el gran éxito de tener elecciones libres, pero se demostró que una cantidad notoria de la población entiende que esto no se ha traducido en opciones de representantes dignos por quienes animarse a votar.
Hemos avanzado de ser un país totalmente oprimido, a vivir en relativa libertad y bajo un régimen democrático. Sin embargo, pareciere como si todas esas manifestaciones retrógradas de antaño las lleváramos incrustadas en nuestros genes.
Aún nos falta muchísimo por aprender, pero el primer paso es aceptar que si bien no estamos tan mal como estábamos, también es cierto que no estamos ni remotamente bien como debemos, y eso en las cosas básicas. Ya veremos cuando tengamos que sentarnos a trabajar en lo verdaderamente complejo.

