De simples plataformas diseñadas para conectar e interactuar con otros usuarios, las redes sociales han crecido y evolucionado hasta ocupar un sitial prominente en la cotidianidad al servir de fuente de noticias, escaparate de negocios, entretenimiento fácil y hasta de plataforma de desahogo a varios niveles.
Como suele suceder, la transformación de las redes sociales en todas esas facetas mencionadas ha venido acompañada de varias consecuencias que ahora resultan evidentemente negativas, siendo quizás la principal -más allá del bullying y el acoso asociados a la naturaleza humana- el fenómeno de desinformación ahora conocido como «fakenews».
«Fakenews» es un problema con muchas aristas y muchos actores, pues intervienen aquí algoritmos, inteligencia artificial, estrategias, anuncios y el uso de figuras populares que de alguna forma u otra buscan influenciar y moldear a un público mayormente incauto.
De falsos influencers y manipulación en las redes sociales, pasando por la compra de seguidores, likes y demás, se ha hablado hasta la saciedad, pero ahora, de cara a 2020 y las elecciones que celebrará Estados Unidos bajo la sombra de influencias y «fakenews» que matizaron el anterior ejercicio de 2016, el debate se ha ido por una avenida poco explorada hasta ahora: anuncios políticos y la posible influencia que estos ejercen a fuerza de papeletas (dinero) sobre el público elector.
¿Es justo que un candidato se imponga sobre otro en preferencias en base a dinero (por vía de publicidad) y no en base a propuestas? Por aquí es el debate de los anuncios políticos, y el detonante ha sido nada menos que Twitter con la decisión anunciada por su CEO y fundador, Jack Dorsey, de prohibir los mismos en esa plataforma a partir del 22 de noviembre de este año (2019).
La decisión de Twitter se basa en algo que se ha discutido hasta la saciedad: el alcance debe ser orgánico y no a base de papeletas, una realidad que aplica dentro y fuera del ámbito político pero que a la vez adquiere otra dimensión cuando hay elecciones de por medio y una posibilidad amplia de influenciar por esa vía.
A mucha gente, o al menos es lo que se observa de manera empírica, le ha agradado la decisión de Twitter, pero ello no significa que otras redes le vayan a seguir los pasos. Facebook, por ejemplo, no ha variado su decisión no solo de permitir esos anuncios políticos, sino de ni siquiera someterlos a un filtro para evitar la desinformación y las mentiras por esa vía.
En el caso de Google, otra plataforma muy beneficiada por publicidad, la respuesta ante el debate ha sido silencio.
Hay quienes dicen que la postura de Twitter se explica porque, comparado a otras plataformas, los ingresos por anuncios no son tan relevantes. Aun así, el punto ético planteado es válido y hasta aplaudido a varios niveles.

