Reportajes

Apesar de hegemonía EU

Apesar de hegemonía EU

Un fantasma no tan silencioso como pretende Wall Street recorre la América Latina al calor de un momento histórico en el que los procónsules de las legaciones estadounidenses ya no lo son tanto ni dan las implacables e inapelables órdenes, al menos en Sudamérica, sobre lo que debe decidirse o lo que no debe hacerse en un momento dado.

Hubo momentos en que no estaba claro quién gobernaba, si el olímpico embajador de la conocida Embajada que enviaba un dios aún más elevado o el presidente elegido por el pueblo.

Ni siquiera el imponente Bush pudo llegar a tanto y ni siquiera acercarse al fuego su enviado como para no salir algo chamuscado de la contienda.

Los rechazos a las intromisiones en las cuestiones internas vertidos en “opiniones” y “sugerencias”, cuando no “órdenes directas” no cumplidas de los diplomáticos norteamericanos se han hecho tan comunes como se vuelve seguro y predecible el retorno de la primavera.

Son estos tiempos tan marcados por la crisis como por las iniciativas propias que muestran los gobiernos cada vez menos inclinados a dar curso a las veleidades y cambios de posición de la metrópolis.

Han decidido, al calor de recursos que permiten independencia de criterios, pensar con cabeza propia.

Este es un indicativo de una maduración política insospechada hace apenas unos cuantos años. Estados Unidos, mánager favorito, ponía el bate, regenteaba el negocio, decidía quién era pelotero y quién no, lanzaba, ganaba juegos.

El mundo de hoy es más diverso y menos verticalizado, con “asimetrías”, precauciones y más espíritu de debate en la casa y sin invitados de fuera con capacidad para dirigirlos o decidir su suerte última.

Y mientras, el esquema neoliberal que dejara muy maltrecha  la administración estadounidense de reciente salida, recibe los cuestionamientos más incisivos y los rechazos de la calle, de la urna y de los foros y cumbres del continente.

Malos tiempos para los colosos que como el que resultara cegado por el héroe itacense de la Odisea homérica no atinan a entender claramente la toma de posición latinoamericana en un momento crucial de supervivencia y de hegemonía imperial con rostro menos agresivo pero sin haber renunciado a sus intereses vitales.

Hace pocos años   era impensable que un gobernante como Hugo Chávez se refiriera a un gobernante todopoderoso de Estados Unidos en los términos en que lo ha hecho de manera reiterada con el anterior inquilino de la Casa Blanca.

Pero que llegara a establecer relaciones al grado en que lo ha hecho con rivales de Estados Unidos con aliados tan íntimos e influyentes en la región del Medio Oriente, hubiera resultado intolerable para la superpotencia, herida en su orgullo.

Las acusaciones de populismo pudieran tener el mérito, enmascarado de insulto, de impugnación, de admitir que ahora se otorga más participación a los pueblos en las decisiones fundamentales.

Chávez, Lula, Kirchner, Bachelet, Morales, no son nombres sino activas metáforas, paradigmas, no perfeccionados todavía, pero si concreciones ciertas de utopías ya soñadas, de un tiempo de cambio que venia gestándose desde Allende, desde tan temprano como los años setenta, des de inc1uso los cincuenta y sesenta, con el estallido, razón de pánico en Wall Street, de la revolución cubana.

Estados Unidos se ha visto obligado si no a replegarse al menos a prestar una atención extraordinaria a las perspectivas tormentosas de la economía que ocupan la mayor parte del tiempo de sus dirigentes políticos.

Los sueños de un Bolívar de una América Latina cada vez más unida en torno a un ideal independentista compactado se ven cada vez mejor bautizados y confirmados.

No son ya más la utopía que vuela inalcanzable en un cielo enrarecido por la presencia ingrata de los halcones enfurecidos o dispuestos a decidir el futuro de sus “colonias” a cualquier precio, bajo argumentos como el de un socialismo que pronunciaban el sueño y el desvelo.

América Latina ha visto frente a frente la realidad de un momento importantísimo para reivindicarse, reinventarse y producir la reingeniería de la recuperación de un estatus propio, sin narigones ni diseños que alientan la tormenta en vez de devolver un cielo despejado.

Del neoliberalismo que da a la iniciativa privada toda la cancha, que pretende la presencia inefable de una mano invisible para guiar los mercados y que se ha estado cocinando en la metrópolis, América Latina tiene derecho a probar su caldo y rechazarlo por impracticable, porque no resuelve y porque ha fracasado en el mismo hotel, amplio y espacioso donde ha nacido como un plato suculento con agregados tóxicos, cocineros dudosos e ingredientes desacreditados.

América Latina, que ha recibido el impacto de la crisis económica con posiciones que la colocan a la defensiva, con una buena dosis de imaginación y con un movimiento político y social activo, signado por sus necesidades inaplazables, se ha estado jugando desde el sur su destino mediato e inmediato.

 Ya el porvenir no es un vocablo destinado a llenar un espacio cualquiera en la gramática política: cada vez va siendo un sinónimo de cambio, autorícenlo o no los mandato de la gramática de las academias de la lengua en cuanto que la otra, la de la política decide otros procedimientos cada vez menos egoístas, menos de espaldas a los pueblos, menos solitarios.

La lección del momento consiste en que hay la necesidad, seriamente sentida, de priorizar el gasto social, de derribar el cancerbero de la corrupción, de realizar, más que proponer, los cambios, antes de que la gente los demande con violencia y caóticamente en las calles, con grave riesgo de desgobernabilidad y no tanto perneado ya por el vocabulario elegante y alambicado de la burocracia.

El sendero emancipador de América Latina con sus efectos de túnel, está en marcha, y no parece que se vaya a detener sino que puede tomar impulsos cada vez más acerados y acelerados.

La manipulación mediática ya conocida, que pretende examinar con objetividad los hechos, “apartada” de apasionamientos, como si no tuviera intereses que Estados Unidos considera básicos y que parte de la celebre calle económica de Estados Unidos, no va a frenar el espíritu de cambio.

Al contrario, puede precipitarlos de manera inédita e inesperada de modo que si iban suavemente por comprensibles carriles constitucionales, se descarrilen hacia soluciones menos amables aún para el imperio hoy en situación delicada.

La idea de que la América Latina soñada por Martí, Bolívar y Duarte nunca se iba a poner pantalones largos, diseminada con fundamentos ideo1ógicos desde los centros de poder jerárquico ya no es tan precisa ni tan inmediata y vuela con alas le merecen comprensiblemente preocupación a quienes han tenido la cerca, la vaca, el cencerro, las ubres y el becerro.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación