La vida ofrece, a personas e instituciones, múltiples maneras de aprehender la esencia de los acontecimientos que les ocurren y así poder, de la mejor forma, derivar las lecciones principales de los mismos.
El secreto radica en descubrir las vías idóneas para identificar el camino que debemos transitar y lograr, sin mayores traumas, las metas anheladas.
No alcanzar ese objetivo, equivale a propiciar sucesos desafortunados a través de los cuales tendremos que asimilar por las malas aquello que no fuimos capaces de internalizar por las buenas.
El ejercicio del poder, lejos de escapar a esta lógica apabullante, constituye un escenario en el que se aplica con todo su rigor. En ese orden, las organizaciones partidarias y los líderes políticos que no hagan lecturas correctas de los episodios que, sobre todo en términos sociales, se van produciendo, que se preparen para sufrir, más temprano que tarde, un generalizado repudio colectivo.
En el contexto actual de nuestra nación, es necesario tener mayor cuidado con las interpretaciones y abordaje de hechos que se vayan suscitando para actuar en consecuencia y obtener de ellos los resultados más positivos. Continuar ofreciendo respuestas políticas como si su destinatario fuera la sociedad dominicana de hace diez años, es el tránsito más seguro hacia la pérdida irreversible de ascendencia social.
Este país se dotó, para bien, de las herramientas requeridas para reaccionar desde que se percata de que algo se está haciendo de forma contraria a sus mejores intereses.
Confundir adhesiones coyunturales con lealtades irreversibles, constituiría un gravísimo error que podría hacer despertar, a quienes en él incurran, con la desagradable pesadilla de constatar mudanzas de fidelidades que se creían inmutables.
República Dominicana cambió. Dotada de una ciudadanía empoderada que presta de forma circunstancial su espaldarazo bajo condiciones cuyo cumplimiento no está dispuesta a transar. Ojalá que quienes han resultado beneficiarios de esos apoyos limitados, no se consideren en la posibilidad de prescindir de ellos y actuar contrario a compromisos contraídos.
Hay señales preocupantes en el sentido anterior. Dispersión en la voluntad de honrar aspectos medulares que fueron fundamentos de concertaciones. Intentos por disminuir la contundencia de indicios ofrecidos al comienzo de gestiones, sobre todo en la necesaria independencia de instituciones sensitivas.
Reiteración de seculares malos hábitos sobre la actitud requerida para servir al Estado desde posiciones públicas. Sensación de soledad de la voz más alta, respecto al coro que parece no sintonizar con sus notas más elevadas.
Por: Pedro P. Yermenos Forastieri
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