Al sector educativo se le asignó, en el presupuesto nacional, el 4% del Producto Interno Bruto con la finalidad de mejorar sustancialmente un servicio público de primer orden, por la incidencia que tendría en el desarrollo del pueblo dominicano.
Con ese dinero, se supone, se construirían más y mejores edificaciones en todo el territorio nacional, mejoraría el desayuno escolar, se equiparían los laboratorios y se dotarían de libros de textos actualizados a las bibliotecas de las escuelas y de liceos públicos.
Se supone que, en ese contexto, se invertiría en una mayor capacitación del maestro dominicano, mediante cursos de cuarto nivel que se harían en el país y en el exterior. En el marco de esas políticas educativas, adicionalmente, habría necesariamente que mejorar las condiciones de vida del maestro.
Y para mejorar las condiciones de vida del profesor se demanda de sueldos dignos, que les permitan alimentarse, vestir bien, vivienda adecuada y medio de transporte. Y necesita un sobrante que les permita comprar obras de consulta para el incremento de su conocimiento y de esa manera contribuir a optimizar el proceso enseñanza-aprendizaje.
No se puede concebir una inversión satisfactoria en educación, excluyendo una mejora significativa en los sueldos de los profesores, que en la actualidad perciben miserables remuneraciones. Y es una lástima que sea un punto de discusión a estas alturas, cuando desde el mes de enero el Ministerio de Educación maneja el nuevo presupuesto.
El 4% es el fruto de una larga lucha de la población dominicana. El objetivo se alcanzó, pero no es para que se sigan malgastando y malversando los recursos del sector, por lo que es recomendable dar seguimiento al desenvolvimiento de ese ministerio.
La ministra de Educación ya supo -en una decisión administrativa propia- elevarse su salario a cientos de miles de pesos, mientras injustamente regatea aumentar los sueldos de los maestros a los niveles que ameritan. Es una forma de decir: Yo sí lo merezco, ustedes no. ¡Válgame Dios!.

