Opinión

Breve que te quiero breve

Breve que te quiero breve

La Digitosocialización Asistida a Distancia, o por su acrónimo, DSAD, es aquel recurso humano que tiene a media humanidad conectada fervorosamente a un diminuto artilugio de comunicación, el último grito de la moda, a dedazo limpio, en intenso diálogo con quien sea, conocido o desconocido, por cuyo medio se establecen amistades y hasta romances virtuales que nunca pasan a reales.

Este nuevo enfoque de las relaciones humanas (¿Bueno o malo?) concentra la atención de la persona en la pantallita de su BB, mientras “mecanografea” a millón toda suerte de comunicados, la mayoría fugaces y frívolas banalidades, aunque eso es lo de menos, porque se trata del proverbial “pin”, la nueva niña mimada de la civilización, sistema oficial para la pesca en discotecas, por ejemplo, que crea una sociedad cerrada formada únicamente por dos personas, que físicamente están dentro de un grupo social determinado, pero virtualmente se cotizan a otro nivel, adscrito al reino de la fantasía, por ser un universo ideal, lúdico, escapista, divertido y, en ocasiones, falso.

Para las empresas telefónicas se trata de la ciber-gallina de los huevos de oro, un palo en facturación, aunque dicen que su uso dentro del automóvil ha provocado accidentes de tránsito. Para la sensibilidad humana, es una nueva modalidad que reúne a personas que de otra forma nunca se habrían conocido, generador de divorcios tal vez, y fuente de afrentas indeseadas por cuanto una comunicación privada súbitamente puede pasar al dominio público.

Detrás de todo esto subyace la inquietante proclama: ¿Estamos asistiendo al auge de la vida virtual en detrimento de la vida real, auge que está aún por vivir su edad dorada? ¿Eso es malo, o no necesariamente? Quizás ocurre que el modelo real de llevar nuestras vidas ya nos luce desgastado, aburrido e inocuo. En cambio si nos mudamos al piso virtual, allí siempre están pasando cosas maravillosas, debido a que la vida se torna del tamaño, del color y justo a medida de nuestros caprichos y veleidades. ¿Bueno o malo?

El Nacional

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