Por Fernando De Leon
(fernando26.deleon@yahoo.com).-
Justo a las 7 p.m., cuando estoy cenando, un repiqueteo de sonidos metálicos medio me espanta. Asomo por la ventana y veo por toda la yarda (patios de nuestros edificios) y hay vecinos golpeteando cacerolas, tapas, y otros enseres domésticos.
Estas repercusiones, regularmente a “cucharazos” me mueven a curiosidad y pregunto a qué se debe esa manifestación.
Una vecina que no es de las orquestadas en esos ruidos, me dice que es “dando gracias a Dios porque están vivos; a los policías y médicos que están en los hospitales”, y de paso, “pidiendo porque se vaya el coronavirus”.
Se dice que en el Bajo Manhattan “los blanquitos” están haciendo lo mismo. Es decir, que los cataclismos, pandemias y otras contingencias, también generan supercherías hasta en los más acomodados. Pero se comenta que, en República Dominicana, en algunos sectores también se hace otro tanto; no estoy enterado ni he visto ninguna información.
No sabía que el COVID-19, al igual que a los gobiernos y a funcionarios se les demanda reivindicaciones con cacerolazos, bullanguerías y alaridos, aunque todavía no hay ni una vacuna que elimine la pandemia. Resido en Hamilton Place, la parte Alta de Harlem; además llamada El Scambray.
Hasta el momento de este escrito, en el sector los enfermos y fallecidos son escasos; ello se debe a que no estamos tan atestados, y hay menos actividad comercial. Pero más allá de la 155, abarcando Broadway y Amsterdam, el flagelo ha penetrado con más crudeza.

