Opinión

Cartas de los lectores

Cartas de los lectores

Sagrario y el monólogo de las balas

Señor director:

A raíz de su designación para la jefatura de la Policía Nacional, el general Neit Nivar Seijas proclamó que él estaría dispuesto inclusive a presentarse en el campus de la Universidad en caso de que apareciera algún conflicto, con el fin de hallar soluciones no violentas, mediante el diálogo, a cualquier incidente.

 Su promesa quedó incumplida ayer, tan pronto se presentó el primero. Casi siempre ha sucedido así cuando se trata de gente habituada a los métodos de fuerza. Sus promesas se esfuman porque pierden los estribos y la ferocidad ha dado paso a la brutalidad, como sucedió ayer en la UASD.

 La verdad hay que decirla aunque duela y aunque nos enajene amistad o conveniencias. Debido a que por tanto tiempo hemos buscado suavizar la verdad, estamos cada día a las puertas del exabrupto brutal. Ya es hora detener la barbarie venga de donde viniere y cueste lo que sueste.

 Lo de ayer en la universidad fue un exabrupto policíaco sin nombre. Fue un pretexto cobarde la agresión de que se hizo víctima a hileras interminables de jóvenes, en su mayoría mujeres, que se inscribían en filas interminables en una Universidad en receso.

 Mi hija debió asistir hoy a inscribirse en la UASD, y el sólo hecho de pensar en cuál hubiera sido mi reacción como padre en el caso de que hubiera sido hoy y no ayer la marcha de los invasores a la UASD, me produce una indignación que me permite comprender, y compartir, la indignación y la ira que deben experimentar desde ayer todos los padres y todos los familiares de las víctimas de la increíble y bochornosa incursión.

 Cada familia dominicana está expuesta a sufrir esto mientras la barbarie sea el método preferido de las llamadas autoridades en cuyas manos se ha encomendado, tal vez equivocadamente, el orden social y la seguridad de la ciudadanía.

 Ayer nadie provocó a la policía; pero sucede, según las apariencias, que la policía siente gusto y necesidad de entrenarse tiroteando y agrediendo, «con permiso judicial», cuando considera que la ocasión le es propicia.

 Esto no puede seguir así. No debe seguir así. ¿Es necesario acaso disparar a agredir por la mera presunción de que un perseguido político se guarece en algún lugar? ¿Quién ha investido de esa potestad a los costosos e inútiles cuerpos encargados teóricamente de proteger y defender la vida y el sosiego social?

Fidias Omar Díaz

El Nacional

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