Delincuencia
Señor director:
La sangre corre a diario por cualquier calle de nuestro país. El mal es tal, que parece que las personas se acostumbran a la tragedia de tener que convivir con la maldición de la delincuencia. Y no se avizora solución alguna a este flagelo que abate a la sociedad y a toda Latinoamérica.
En nuestro país, la delincuencia viene íntimamente relacionada con el fracaso del campo dominicano hace ya más de cuarenta años, y en el que el doctor Joaquín Balaguer pudo jugar un rol estelar con sus leyes agrarias, proyecto rural truncado y utilizado para demagogias del momento por el propio finado mandatario.
La gente del campo emigró a las ciudades, y el juidero rural-urbano fue tal, que mientras el Censo de Población y Vivienda de los años setenta registraba más gente en los campos que en las ciudades, ya para los ochenta las frías estadísticas registraban lo inverso.
Liquidado el campo como proyecto socioeconómico, y con la gente apiñada en las ciudades, se creó entonces una situación nueva. Se complicó el nuevo panorama y se hizo sentir la incapacidad de la industria nacional de absorber esa mano de obra que abundaba a diestra y siniestra. Con el paso del tiempo, a las infrahumanas condiciones del extenso mundo marginal, se le sumó una subcultura con valores y aspiraciones propias de los marginados. En esas escalas de anhelo de gran cantidad de personas marginadas, el futuro es hoy.
Pasadas varias generaciones, y sumándose el criminal problema de las drogas en los barrios, algunos jóvenes, coqueteando con la muerte y en la búsqueda de riqueza fácil, son capaces de asesinar hasta por un simple teléfono celular.
La delincuencia que nos aniquila solo se resuelve con grandes transformaciones, que los grandes intereses económicos existentes no están dispuestos a permitir.
Atentamente,
Elvis Valoy
Santo Domingo

