Por: Pedro P. Yermenos Forastieri
La noticia les llegó como rayo fulminante. Lo menos que podían permitirse era que aquella explosiva circunstancia se hiciera pública. Los vínculos que los unían representaban una agravante de que algo así ocurriera. En una sociedad de tantas mojigaterías, que premia el descaro y penaliza la dignidad, no se admite que a una joven estudiante le suceda eso ocasionado por alguien llamado a protegerla y no a exponerla.
Lo primero que hicieron fue procurar una segunda opinión, con la recóndita esperanza de que se tratara de un error y que aquello no pasara de un tremendo susto. No fue así. La situación fue confirmada y había que actuar rápido, de no quererse que el transcurrir del tiempo delatara lo que intentaban vanamente ocultar.
Desesperados, confiaron el secreto a un primo de él, bajo la premisa de que, por su formación profesional, podía ayudarles ante tan aciago momento que, de conocerse, produciría un daño profundo en la vanidad de dos familias en exceso preocupadas por guardar las apariencias que sustentan sus vidas. Era esa la fuente de su incertidumbre. De ser por ellos, el desenlace se habría procurado, sin ningún prurito, en una u otra dirección.
Siempre es difícil evadir la realidad
El familiar los puso en contacto con alguien que podía colaborar. Al otro día acordaron los detalles y fijaron la fecha de la cita que les retornaría a su normalidad, si es que así se pueda llamar después de una decisión muy difícil de asumir, sobre todo en condiciones tan hostiles.
Todo debía hacerse casi en la clandestinidad. De esa forma, él solicitó prestada una camioneta a su hermano mayor, mintiendo que debía transportar un objeto grande y pesado. Se dirigieron bien de madrugada a aquel lúgubre y misterioso lugar. Estacionaron el vehículo en una calle perpendicular para que no llamara la atención. Esperaron la persona indicada y todo transcurrió en un tiempo considerablemente menor al que habían supuesto. En unas tres horas, estaban de regreso a dejarla a ella en un lugar desde el cual, llegar a su casa sin generar suspicacia.
Lo que nunca imaginaron es que mientras todo se desarrollaba, el motor del empleado del hermano se detenía en el semáforo de la equina, donde visualizó la camioneta de su empleador. Apenas llegar a entregarla, la pregunta no se hizo esperar, ¿”qué tú buscabas a esa hora de la mañana en un lugar donde todo el mundo sabe lo que se hace”?
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