Asaltos tan temerarios como el ocurrido el lunes en la tarde en el hospital José María Cabral son los que realmente ponen la nota sobre la dimensión de la criminalidad en el país.
Dispuestos a alcanzar su cometido, desconocidos armados no repararon que en el centro opera un destacamento policial a la hora de desvalijar de 700 mil pesos a un mensajero del establecimiento.
La gente quedó pasmada. Y no era para menos, porque se tiene que contar con mucha determinación para cometer un atraco a las 4:30 de la tarde en lugar público, concurrido y con una vigilancia policial permamente.
Al alertarse sobre el atraco, los desconocidos hicieron varios disparos y pudieron escapar, para sorpresa de todos, en un minibús público.
La seguridad brilla por su ausencia en todos los sentidos. El mensajero atracado, identificado como Rafael Arias, se disponía a abordar un vehículo cuando fue interceptado por los delincuentes.
La Policía dijo que ha detenido a tres personas, pero que trata de determinar si empleados del hospital son cómplices del asalto. Pese a la temeridad de la delincuencia nadie se explica tanto arrojo en un caso de poca monta.
Las circunstancias en que los desconocidos cargaron con los 700 mil pesos en cheques y efectivo pone simplemente de manifiesto la dimensión de la criminalidad. Gente que no teme jugarse la vida o quitársela a cualquiera con tal de obtener aunque sea un escaso botín.
