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Comentaristas gubernamentales

Comentaristas gubernamentales

Periodistas de veras y autodenominados “comunicadores” comprometidos como altos funcionarios y diplomáticos se desgañitan perorando a favor y en contra de las administraciones de turno. En su cantaleta coloreando opiniones para demostrar adhesión, lealtad y hacerse simpáticos, puntean con déficits ético-profesional y jurídico-legal.
El vampirismo mediológico folkcomunicacional o pseudoperiodismo pilotea problematizado, por su subvaloración y desprestigio. Más que creadores de opiniones imparciales, empalagan en el negocio sensacionalista, y sus narrativas intertextuales derraman siete polillas: 1) trivialización simbólica, 2) parcialización fanática, 3) vulgarización ruidosa, 4) realidad falsificada, 5) manipulación informativa, 6) ausencia de investigación, y 7) simplismo metodológico.
En la prensa análoga, las redes digitales y la convergencia multimedia no han variado los postulados éticos, que censuran la doble cara. El relacionista público, asesor, diplomático, miembro de un consejo directivo o regente de cuentas publicitarias estatales está obligado a ceñirse a los lineamientos oficiales.
El empleo público condiciona, amordaza y coloca en el deber de renunciar al ejercicio periodístico, y el reportero que cubre una fuente no debe cobrar en ella, ni el productor de programas de televisión o radio buscar personalmente publicidad. Más le conviene tener un equipo que se encargue de esa tarea.
El presidente Luis Abinader ha sido extensivo en número de encuentros presenciales con figuras mediáticas, y esa esplendidez copla como comprensible en la lógica de la búsqueda de solidaridad de un necesario poder fáctico en la batida pandémica/financiera más crítica de la historia nacional.
Con escasísimas excepciones, ha habido un acoplamiento, que pestaña mutuamente: el gobierno está compelido a utilizar esas estructuras, y éstas se adaptan a las circunstancias, para subsistir. El cacumen tiene que inferir que si, en estos apuros sin antecedentes, los medios no son auxiliados por el Estado, se reducen las ventanas de denuncias, la emisión de pareceres y las oportunidades de empleos.
En ese vértice, las opiniones siguen siendo hegemonizadas por tradicionales, diestros en los disimulados rejuegos oportunistas, y los comentaristas abinaderistas embotan como exiguos. Y, por lo que se desprende del runrún discreto, un segmento de los que comunicacionalmente activaron, sin tapabocas, en la campaña electoral se siente subestimado y desamparado. ¿Acaso será por los tabiques virales?, ¿por la cortedad de tiempo de gobernanza?, o ¿porque titulares de distintas dependencias han preferido a correligionarios particulares, para mantener un cerco institucional inexplicable?
Por esos y otros cinceles -al margen de la reconocida entrega y ahínco laboral de la Dirección de Información y Prensa del Palacio Nacional- el gobierno no está blindado periodísticamente, como poderosos grupos económicos que se protegen en las sortijas. Tendremos que encender una velita a la virgencita de la Altagracia, por la inalterable funcionalidad gubernamental en la fusta de un montón de muertos, inhumados sin exequias ni panegíricos.

Por: Oscar López Reyes
oscarlopezperiodista@gmail.com

El Nacional

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