El eslogan
Un eslogan, ya sea para ser utilizado como acompañante del logotipo de una corporación o en campañas publicitarias y propagandísticas, debe sintetizar y vender un concepto, un valor, o la intención de una estrategia; porque el eslogan nació para eso, para identificar y facilitar la persuasión del discurso, convirtiéndose [como enuncia J. Jonathan Gabay en Teach yourself copywriting, 2003,] en “la correa o línea de sujeción de los mensajes publicitarios y políticos”.
La misma procedencia gaélica del vocablo, sluagh-ghairm [grito de guerra] implicaba ya un contenido ligado a la adhesión y a la acción grupal. Y esa es la razón por la que tantos eslóganes han estado vinculados a sucesos victoriosos o frustratorios en el trayecto de la historia.
Bastaría sólo con cliquear Google y escribir el vocablo eslogan para que este motor de búsqueda presente cientos de temas y frases que han acompañado a héroes y villanos, entre los que no se salva ni el “Alea iacta est” que Suetonio atribuyó a Julio César, ni el aforismo imputado al vikingo Erick El Rojo, de “Si corres, morirás cansado”; así como la famosa frase que endilgan a Napoleón de que “No hay nada imposible para quien lo intenta”.
Joseph Goebbels, que mitificó a Hitler y al nazismo utilizando el eslogan para idiotizar al pueblo alemán mediante una mezcla de orgullo, odio y miedo, sabía que una frase corta y penetrante causaba tanta unión como destrucción y de que todo dependía de su uso y frecuencia. Franklin D. Roosevelt, Dwight [Ike] Eisenhower, John F. Kennedy y Lyndon Johnson, ascendieron a la presidencia de los Estados Unidos no sólo debido a sus conocimientos o caras bonitas, sino a eslóganes que sostenían las estructuras conceptuales de sus campañas. Y lo mismo ha sucedido en el resto del mundo con los que han ganado el poder a través de torneos electorales, en donde las estrategias se han conceptualizado con temas sintetizados en eslóganes. De ahí, a que los temas y eslóganes de campaña, una vez que éstos han incidido en el triunfo, deberán emitir señales de que serán implementados por parte del candidato beneficiado.
Como tendrá que hacer Luis Abinader, que sabiendo que el voto castigo del país a Danilo Medina no fue motivado por su política económica, sino por los latrocinios cometidos por él y sus áulicos, enfocados en prevaricaciones, nepotismo, desfalcos, sobrevaluaciones y tráfico de drogas, descansó su estrategia electoral en el concepto cambio, cuya hermenéutica implica una profunda y real transformación de los valores éticos y culturales que estructuran el tejido social de un país, en un tránsito de décadas.
Entonces, Abinader debe tener bien presente [como si fuera una tarea pendiente] que el pueblo aguarda por un cambio prometido, cuya lectura podría traducirse en el encarcelamiento para aquellos canallas que, burlándose del pueblo, creyeron que la impunidad les acompañaría más allá de las elecciones. Y este cambio debe alejarse de cualquier asomo del nefasto borrón y cuenta nueva que tanto daño ha causado al país.
Por: Efraim Castillo
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