Efraim Castillo
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Respondiendo a Jasper
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La Era de Trujillo, o sea, el sistema hegemónico implantado por Trujillo [eso que tú señalas como trujillato] fue un procedimiento integrado —y constantemente alimentado en un espacio de treinta y un años— por casi tres generaciones de dominicanos y se fortaleció con inmigraciones programadas de españoles, judíos europeos, húngaros y japoneses, por lo que para referirlo como suceso, evento, historia o ficción, el crítico, narrador, o historiador, deberá apoyarse en los fenómenos que ocasionaron su ascensión al poder, sus ejecutorias y su caída, desechando lo anecdótico y el chisme, y ateniéndose a referir las evidencias y emanaciones de sus estrategias sociopolíticas . Lo demás, podría entrar en una especulación que escapa al rigor histórico. De ahí, entonces, a lo de llover sobre mojado, a ese machacar de intrigas que ocultan los verdaderos acontecimientos, favorables o desfavorables sobre la Era.
La importancia de la generación del 60 radicó en que fue testigo de excepción de una época [1938-1965] en que morían y nacían esquemas y estructuras. Esa generación [mi generación] fue testigo del inicio de la desaparición de los totalitarismos y ciertos humanismos, así como del fortalecimiento de la peor de las ideologías, la del bienestar, alimentada por un crecimiento tecnológico desorbitado e incubado desde el mítico new deal de Roosevelt, que el fair trade de los años cincuenta se llevó de encuentro y en donde el ocio comenzó a apoyarse en una cibernética que se abrió a revoluciones que, como la cubana y la cultural china, se convirtieron en paradigmas. Así, a la generación del 60 le tocó comprender —demasiado-a-la-carrera— lo que significó un esquema social volátil que se vio atrapado [sumergido de repente] en fragmentaciones y rupturas y empujado, cada vez con mayor incidencia, hacia lo fácil, hacia ese borde alimentado por la cáscara y la apariencia.
Ser joven y adolescente en el sistema creado por Rafael Leónidas Trujillo se reducía a dos apuestas: a loar o a sucumbir, tal como ocurría con los jóvenes y adolescentes de la Italia fascista, de la Alemania nazi, de la Unión Soviética estalinista, de la España franquista, o de la China maoísta. Los que fueron jóvenes y adolescentes en esa dictadura tan férrea, sabían que el mañana no les pertenecía si dejaban de soñar y por eso buscaron con avidez conceptos que vulneraran los cánones conceptuales e ideológicos del sistema, a la vez que respuestas al infierno que vivían. El existencialismo sartreano y la revolución cubana llenaron aquellas interrogantes.
Con el existencialismo comprendieron que desde dentro de sí podían ser libres, y esto fue un conocimiento que les permitió —a algunos— perfilar sueños, para luego estallar junto a esa algarabía continental que fue la revolución cubana. Sin embargo, como todo lo que forma la dicotomía dictadura-libertad, el régimen totalitario de Trujillo calcó ciertas esencias europeas y jugó a la eternidad a través de construcciones e intangibles que, como el ordenamiento estatal, la disciplina y la educación, se emparentaron con el futuro.

