¿Qué más quieren?
(De mi obra de teatro Los lectores del ático, 1993)
EL DOCTOR: (Vistiendo un viejo albornoz, camina aferrado a los hilos colocados en su habitación-biblioteca, que le permiten guiarse debido a los problemas de su ceguera):
¿Y esas voces? ¿Y esos gritos? ¿Qué quieren? ¿Acaso no les he llenado el país de apartamentos, represas, acueductos, avenidas y calles, aeropuertos, un zoológico con monos, serpientes y fieras? ¿Acaso no les he construido un faro que no guía a nadie? ¿Qué quieren esas voces, qué piden esos gritos en este apacible día? ¿Qué más quieren? ¡Les he construido jardines, escuelas, modernos edificios, un magno teatro, una plaza cultural, un acuario! ¿Acaso no eliminé los aserraderos que convertían nuestras montañas en montones de tierra estéril?
¡Les he dado todo sin endeudar el país! ¿Qué más quieren? ¡No pueden pedir más, aunque hubiese deseado complacerlos a todos para convertir este país en un paraíso!
(El Doctor se detiene en medio de la habitación-biblioteca y da vueltas, como asustado, hasta detenerse).
Sin embargo, piden y piden, aúllan y aúllan como hienas hambrientas, mientras las verdades permanecen ocultas en esta madeja de incógnitas que se anudan y aprietan (transición). Yo sólo exigí que me dejaran hacer, un dejar hacer para construir; un dejar hacer para esgrimir hechos, actos, en este país desangrado por una revolución frustrada. ¿Qué más querían? ¿Que los gorilas estrangularan mis deseos, mi voluntad de construir? ¡Yo era una sorpresa en el charco de sangre que dejó abril en 1965 y ninguna estrategia hubiese funcionado, ni caminado sin el dejar hacer, sin una inventiva de pacificación para ordenar el gallinero!
Todos lo saben: cada libro tiene su página en blanco. En cada libro hay una emoción que enfrenta el goce, la historia, las alboradas de lágrimas; en cada apunte se retuerce un gemido y una intención de hacer (transición brusca). Por eso no pueden echarme sobre los hombros —para aplastarme— las fuerzas incontrolables. ¡No pueden aprisionarme en esa cruel banda colorá de la ignominia! ¡Yo estoy fabricado de un material que se expande y rechaza el pus! ¡Yo estoy construido de historia y poesía, de amaneceres limpios y lilas esparcidas por la lluvia! ¡A mí no pueden medirme con la vara de Peña Batlle, ni de Logroño, ni de Paulino, ni de Bonnelly, ni de Viriato, ni de Juan Bosch! ¡Conozco este siglo de punta a punta y sus avatares no me asustan! ¡Sacrifiqué amores, aventuras eróticas, placeres banales; sacrifiqué pasadías rumbosos a orillas del mar y ríos; sacrifiqué los goces secretos de un hogar! ¿Quién, quién ha sacrificado tanto en esta republiqueta por una gloria entre comillas? ¿Quién?
(El Doctor da vueltas entre los hilos, cae al suelo y, gimiendo, llama al General que le cuida).
¡General, General! ¡Estoy en el suelo, General! ¡Por favor… no permita que me coman las fieras!
Efraim Castillo
efraimcastillo@gmail.com

