Sobre mecenas
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El mecenazgo, así, otorgó un pasaporte a los nuevos ricos y aristócratas para que establecieran una nueva relación, un nuevo estatus social: el de patrocinador de artista, donde la exaltación del protector transbordaba una praxis que les permitía entrar a la inmortalidad junto al productor mimético financiado.
De alguna forma el mecenazgo puso el primer mosaico en la nueva plataforma de la producción artística. Uno de los claros ejemplos que proporciona la historia de este menage-a-trois (mecenas-artista-mercado) es la relación estrecha entre Niccolò di Bernardo dei Machiavelli (Maquiavelo), los Médicis, los Borgia y los artistas, los cuales influyeron de manera preponderante en el desarrollo del Renacimiento.
El Príncipe, la obra emblemática de Maquiavelo (quien escribió otras diez obras, entre las que se encuentran comedias, una novela, biografías, un ensayo sobre la guerra y algunos tomos de historia), refleja una totalidad: la del espíritu renacentista, una noción que bordea la conexión Hombre-Estado, pero no como enfrentamiento, sino como una dualidad en búsqueda constante del perfeccionamiento de la propia conciencia humana a través de lo político como esencia, y fue escrita para Lorenzo de Médicis II, hijo de El Magnífico, pero teniendo como prototipo del héroe a César Borgia (hijo de Rodrigo de Borja, convertido en papa con el nombre de Alejandro VI) y considerado por Maquiavelo como modelo de unidad, a pesar de que César fue perseguido escarnecidamente por el Papa Julio II, protector de Michelangelo Buonarroti.
Maquiavelo (1469-1527) nació en una Florencia ya establecida como capital del arte y fue testigo del mejor momento del Renacimiento. El Príncipe es un estudio riguroso acerca del ejercicio del poder y, sobre todo, del paso del hombre a la posteridad a través de esa práctica. Creo, sinceramente, que en ningún estadio de la historia el poder se ha ejercido tan plenamente como en el Renacimiento, en donde la licencia para matar por cuchillo o por envenenamiento fue permitida y auspiciada por las leyes y la Iglesia; o al menos, mirada de soslayo o pasada por alto por éstas.
Napoleón, Mussolini, Hitler, Lenin, Trujillo, Fidel, Kennedy, todos los gobernantes rígidos, duros, implacables, de moral dual, visionarios, democráticos o austeros, han representado el papel de El Príncipe en algún momento de sus vidas y, ¡quién sabe!, si en todos sus momentos estelares. Lo curioso, entonces, reside en que el mecenazgo es parte primordial del estadista que procura ser más temido que amado. Porque, ¿acaso la protección de la res publica no engendra un cierto tipo de patrocinio en donde los principios del mecenazgo están presentes?.
Por. Efraim Castillo
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