¡Cuidado, Luis!
Efraim Castillo
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Entre la espesa maraña que envuelve la actividad política dominicana, sobresale un espécimen que ha deambulado airoso desde la misma formación de la sociedad duartiana La Trinitaria: el trepador, un sujeto advenedizo que practica el ex post facto con una inusual destreza, porque sabe cuándo y cómo aprovecharse de una determinada situación después que ésta ha sido resuelta. Por eso, al conocer la estructura del contexto en que actuará, el trepador ejecuta su interpretación de la circunstancia y se inserta en ella, haciendo notar su presencia en el preciso instante que se dilucida. Pero también —y del mismo modo—, el trepador otea el futuro para establecer el intervalo en que deberá abandonar el barco que se hunde y así saltar al bote salvavidas que lo integrará, ipso facto, al nuevo estándar, o al fatídico borrón y cuenta nueva que anulará su pasado y lo reinventará, camuflándose a sí mismo.
Jean-Paul Sartre creó un concepto, el mauvaise foi [mala fe], que describe al trepador como un sujeto cosificado al que no le importa abanderarse en cualquier ideología para sobrevivir y, por lo tanto, actúa de mala fe, atándose al autoengaño. Sin embargo, es preciso explicar que en el existencialismo sartreano la existencia precede a la esencia y el trepador dominicano está más allá de esta ontologización, porque su praxis se ha perfeccionado por un curriculum iniciado en la lucha separatista del 1844 y continuado en la Restauración del 1863, en las falsificaciones y robos de Buenaventura Báez, en la dictadura de Lilís, en la intervención yanqui del 16, en los aspavientos reeleccionistas de Horacio Vásquez, en el trujillato, en los siete meses de Bosch, en la Revolución de abril, en la agonía y éxtasis del balaguerato, en los ascensos y caídas del perredeísmo, y en las dilatadas euforias del leonelismo y el danilismo, donde se hirió de muerte al boschismo.
El trepador dominicano nace con un serrucho en las manos, con un rápido “sí señor, a sus órdenes” en los labios, con un vestuario apto para asistir a fiestas y entierros, con una agenda multicolor en los bolsillos; el trepador nacional puede reír y llorar al mismo tiempo, puede deglutir y deglutirse, ser fiel e infiel instantáneamente, puede exclamar un viva Trujillo, un viva Bosch, un viva Balaguer, un viva Leonel, un viva Danilo, y ahora un viva Abinader con la sonoridad de un coro gregoriano. El trepador dominicano es una careta múltiple, una voz coral.
Y es ahí donde reside la peligrosidad del trepador, del parveno, del escalador social, ya que necesita —para colarse— mentir, cubrirse de disfraces y antifaces y, obnubilado en su pretendido escalamiento, llegar a lo indecible, a una peligrosa actuación que lo aproxima al crimen.
¡Cuídate, Luís!, de ese malandrín que tanto daño ha hecho el país y que, en su trayectoria, ha posibilitado la supervivencia de la corrupción, la prevaricación, el nepotismo y una lambonería que trastorna la cabeza de los gobernantes, haciéndoles creer que son dioses.

