A lo que estamos asistiendo en materia de corrupción delincuencia e impunidad, es a un conjunto de actividades ilícitas que se han hecho comunes en muchos países. Es como una cadena cuyos eslabones fueron estructurados en base a componendas, deshonra y aquiescencia oficial y ciudadana.
En economías más grandes que la nuestra: México, Argentina, Colombia, España, y otros, analistas, y sociedad civil coinciden en que sus países están asediados por el mismo fantasma viviente que devora la confianza, trae inseguridad, y quiebra las expectativas de avance.
Que países grandes y países pequeños sufran por causas que les son comunes, indica que se está en la presencia de patrones de actuación que han sido consensuados, por los gobiernos, sus partidos políticos, y otros actuantes de sus entornos. Hay que destacar la presencia de los partidos, pues por los intereses creados, son responsables de la profundización de la crisis y de los resultados que se traducen en pobreza material y moral. Ellos se han dejado seducir, guiar y atar por estos males que tanto empobrecen y descarrilan a la población.
El enriquecimiento vía corrupción y depredación de los recursos públicos, no goza de la aprobación de ningún sector sano de la sociedad, por lo que es muy correcto que la ciudadanía se enfoque en la responsabilidad de los gobiernos y sus instituciones, para que asuman el compromiso de buscar las formas de aplicar soluciones acorde con las expectativas ciudadanas.
Estos problemas son una contaminación social y moral que alimentan la visión de la delincuencia de abajo, que hoy actúa de la forma más despiadada e indiscriminada, como un azote contra toda la ciudadanía.
