En nuestra columna anterior, en el último párrafo, expusimos el criterio que la Expedición del 14 de Junio de 1959 de Constanza, Maimón y Estero Hondo y el Levantamiento Militar Constitucionalista de Abril de 1965, constituyen los dos grandes episodios políticos y militares de nuestra historia a todo lo largo del siglo XX y fueron esos dos episodios los que motivaron a Fidel Castro Ruz a calificarnos, con admiración y respeto, como pueblo legendario, veterano de la historia y David del Caribe. No es el pueblo cobarde, servil y temeroso que ese inconsecuente literato llamado Mario Vargas Llosa describe y señala en esa basura de novela que se llama La Fiesta del Chivo; libro que calumnia y difama a las mujeres dominicanas y reduce a los hombres que sirvieron y combatieron a Trujillo, al histórico y siniestro personaje, a la verdad de los hechos y al pueblo dominicano.
La inmolación de los héroes y mártires de junio de 1959 no fue en vano. Y el mismo Trujillo captó y comprendió la importancia política de lo que había sucedido porque las bases de su régimen quedaron, definitivamente, agrietadas. La solución que Trujillo, personalmente, puso en manos de su hijo Ramfis, relacionada con el destino de los expedicionarios capturados en combate, es una prueba evidente de que el agresivo e intolerante personaje había perdido el sentido de la prudencia. Él sabía, como lo había dicho en varias ocasiones, que Ramfis no servía para nada y no tenía la experiencia política necesaria para sacar por otro camino la difícil situación en que el régimen se encontraba. El maltrato, las torturas y el fusilamiento de esa pléyade de jóvenes dominicanos y extranjeros era totalmente innecesario.
Trujillo sabía cuáles serían las consecuencias en términos de poco tiempo de la muerte de esos prisioneros porque él había procedido de manera diferente con los expedicionarios de Luperón en 1949. Y lo sabía porque en el año de 1953 había asegurado al doctor Laureano Vallenilla Lanz, Ministro de Interior de Venezuela, que mi dictadura se justifica con las realizaciones. De otra manera, no hubiese durado. No basta el terror, le aseguro, porque el pueblo dominicano es valiente, rebelde y viril. La sangre derramada a partir de junio de 1959 y el sacrificio admirable de los expedicionarios de Constanza, Maimón y Estero Hondo, recordaron a los dominicanos, civiles y militares, que la dictadura de treinta años que se había establecido a partir de 1930 solamente podía ser liquidada con la desaparición física de quien la había instaurado y afianzado a través de tantos años. Ese episodio y el de abril de 1965 han sido admirados a lo largo y ancho de los países hispanoamericanos, porque dejaron ratificada para siempre la consigna hermosa de nuestro himno que dice ningún pueblo ser libre merece, si es esclavo, indolente y servil.

