Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

CRÓNICA DEL PRESENTE

A mediados del año de 1942, antes de que cerrara el año escolar, en julio, nos habíamos mudado a El Seybo, instalándonos en una espaciosa casa de madera en la calle Santa Cruz, frente al parque de esa comunidad. Al lado izquierdo de nuestra casa estaba la farmacia del doctor Díaz y al lado derecho el café de Joaquín Gerónimo, padre de nuestro compañero Joaquín Gerónimo y hermano de Cesarín. Llegamos, nuestro padre, nuestra madre y el autor de esta columna, porque mis hermanos mayores, Cesar, Mercedita y Martha, estaban, los tres, el primero en el Colegio Juan Pablo Duarte y la segunda y tercera en el Inmaculada Concepción, de  La Vega. En el registro de nuestra memoria, y por eso hacemos fe de consignarlo, nuestra estadía en la histórica comunidad del este, que apenas duró año y medio, fue en nuestra vida de importancia extraordinaria.

Al día siguiente, domingo, en horas de la noche, se oían los aires vibrantes, acompasados, de la famosa marcha mexicana titulada “Zacatecas” y minutos después, marchando a paso militar y firme, apareció en la esquina la banda de música municipal, integrada por no más de veintidós músicos. Al frente de la misma el tambor mayor, joven, alto, jabao, de fuerte complexión física, que llegaría después a ser un personaje militar importante, llamado Ramón Puente Eusebio, Ramoncito, se detuvo frente a nuestra casa en cuya pequeña galería nos encontrábamos sentados mis padres y yo, y se escuchó el sonido agudo del pito del tambor mayor y la orden firme diciendo “derecha, derecha”; poniéndose de pies, nuestro padre inmediatamente, devolvió el saludo militarmente.

Esa banda de música estaba dirigida por Julio Gautreaux, uno de los músicos más completos que ha conocido el escenario artístico y musical de la República; la integraban además por lo menos seis personalidades de la vida profesional y social de la comunidad seibana, médicos, abogados y antiguos oficiales del Ejército Nacional. En el registro de nuestra memoria quedó aquel episodio imborrable para siempre, como imborrable fue nuestra corta estadía en aquel lugar, en el cual antes de cumplir los siete años de edad fuimos inscritos en la Academia de música, a recibir clases de ese maestro inolvidable junto a su hijo, Bonaparte Gautreaux Piñeiro, alias Cabito, a quien el autor de esta columna lleva un año de edad. Fue en El Seybo donde escuchamos por primera vez la melodía  “Anhelos” que hoy se llama “La Gaviota”, cuyos versos había escrito Juan Bosch, preso junto a Julio Gautreaux, en la Torre del Homenaje de la Fortaleza Ozama, en los primeros años del régimen de Rafael Trujillo Molina. Al cumplir siete años de edad, en mayo de 1943, recibimos con la alegría propia de un niño de esa edad, como regalo, nuestro primer caballo, completamente equipado.

El Nacional

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