La primera vez que leí a este egregio poeta mexicano fue en la famosa antología Poesía en Movimiento. El formaba parte del grupo antologador. Pedro Pablo Fernández fue quien me despertó el apetito por aquella obra.
No pude admirar en toda su dimensión al poeta Pacheco porque Octavio Paz llenaba con su esplendor mi horizonte al inicio de los ochentas.
Había un grupo de poemas de José Emilio Pacheco que llamó mi atención por la sobriedad y la economía del lenguaje. Parecían simples, aunque de una simplicidad engañosa.
Entre los temas de su poética están el tiempo (semejante al dios Saturno que devora a sus propios hijos) y la impermanencia (ausencia de respuesta trascendental) lo colocan entre los grandes pesimistas.
Me llega la imagen del uroboro: la serpiente que se come asimismo. El tiempo destruyéndose permanece. El eterno retorno, tiempo repitiéndose en el destino humano y en el universo.
Para el poeta nada está privilegiado ante la presencia de la muerte. La muerte supone la desaparición de la conciencia y esto envuelve al hombre en el fuego de la angustia, porque quiérase o no, el deseo de inmortalidad permanece.
Es una constante en el hombre, sin embargo, la muerte le será desconocida; nunca sabremos qué es. Cuando realmente sabemos, no podemos compartirlo. Aún en el caso de Lázaro, resucitado por Jesús, nada refirió de aquel estado. La muerte será un enigma: Sombra, misterio.
Se dice que la vida es un aprendizaje para morir. De ahí las religiones como consuelo y destino después de la muerte.
El cristianismo aspira a un paraíso o a un infierno, digo aspira, porque aún condenado alcanza la eternidad en el infierno como prolongación acérrima del sufrimiento del mundo.
El budismo, por el contrario, busca la perfección humana basada en el karma, lo intenta por vía de la ética y la meditación. Para buda la liberación, originalmente, se obtiene por el octuple sendero, última de las cuatro nobles verdades que enunció: A) La verdad del sufrimiento. B) La verdad del origen del sufrimiento. C) La verdad de la cesación del sufrimiento. D) La verdad del camino que conduce a la cesación del sufrimiento.
Por lo pronto me detendré en la primera de las verdades: Sufrimiento (dukkha): Nacer es sufrir, envejecer es sufrir, morir es sufrir, la pena, el dolor, la afición, la tribulación son sufrimiento; estar sujeto a lo que desagrada es sufrimiento, estar privado de lo que agrada es sufrimiento, no conseguir lo que uno desea es sufrimiento.
Abarca no solo estados agudos o manifiestos del sufrimiento físico o mental, sino también todo lo que sea molestia, incomodidad, insatisfacción, angustia o malestar. Vivir es sufrir.
Buda propone, para la cesación del sufrimiento, el octuple sendero: 1- La recta opinión. 2- El recto propósito (sabiduría). 3- La recta palabra. 4- La recta conducta. 5- El recto sustentamiento. 6- El recto esfuerzo. 7- La recta atención. 8- La recta concentración (meditación).
He hecho este rodeo para identificar al poeta como testigo del mundo impermanente y, a la vez, quien registra su tiempo. En José Emilio Pacheco el octuple sendero no forma parte de su visión.
El poema no es objeto de liberación, sino de consciencia. La polaridad VidaMuerte, FuegoSombra es el sustento de la realidad. La impermanencia es el origen en sí de la muerte y el tiempo su ejecutor. Nada permanece.
El perecer no respeta ni siquiera el presente. El cronista es un pesimista. Testigo de las ruinas, de los escombros, de lo des-hecho como manifestación del tiempo.
No propone un punto de vista utópico o intrahistórico, ni metafísico. El poeta cuenta lo que sucede. No juzga, muestra.
En el poema 14 del libro Reposo del Fuego nos dice lo siguiente:
(Las palabras de Buda)
Todo el mundo está en llama:
Lo visible
Arde y el ojo en llama lo interroga.
Llama, fuego: Sufrimiento, angustia Lo visible (lo impermanente) arde y el ojo (el poeta testigo) interroga. Nada es sagrado o trascendente. Nada ni nadie puede abolir el sufrimiento y la muerte. La vida se debate entre ruinas. No hay escapatoria.
El hombre parece condenado a la eterna oscuridad (el tiempo) y al abatimiento. Para callar y obedecer nacieron. El incesante fluir es la peor muerte.
La propia aceleración, no cabe duda, concita que la propia escritura se dé por condenada a las tinieblas. La historia humana adquiere el color de la ruindad y del olvido.
El poema Caverna del libro Isla a la Deriva define lo terrible de la muerte donde no hay esperanza de una vida póstuma:
Obviamente que estos poemas nos seducen por su singular manera de construcción. La belleza de la muerte quizás pueda seducir la destrucción, aunque no el destino.

