La onda, estos días calurosos camino a la transición esperando un nuevo presidente, no un nuevo gobierno, es la de andar detrás de éste para asegurarse un buen nombramiento y, en el mejor de los casos, preservar contratos que dejan mayores beneficios sobre todo si están marcados por la corrupción.
A propósito de eso, y como no soy de los que anda buscándose lo mío, repetiré lo escrito el 24 de mayo: y usted, casi presidente electo, no tiene ninguna posibilidad de hacer un gobierno bueno, ejemplar; aunque sean esas sus intenciones, no tiene con qué, pienso que hasta lo obligarán a cargar con el séquito de funcionarios impopulares y corruptos que por casi 12 años han sido la corte del Mesías. Para mayor desgracia, esa Asociación de negociantes de la política la han incrustado en el Congreso, las Fuerzas Armadas, Policía Nacional y las Altas Cortes que deberían servirnos a todos, pero que responden a los gustos y deseos de los todopoderosos, que cual compañía de negocios, nos han mal gobernado.
Podría ser que le permitan preservar un poco de dignidad al dejarlo designar una parte de su gabinete, que tendrá personas de su confianza que ya han sido funcionarios del Mesías como Rubén Bichara, Simón Lizardo, Rodríguez Marchena, Altagracia Guzmán, Héctor Olivo, Radhamés Camacho, Carlos Amarante Baret, Ramón Rodríguez, entre otros.
Quizás alguno de estos, por su personalidad, asuman por entero el control de sus dependencias, pero el renglón de verdadero poder, el de los negocios, el de la corrupción, el de las compras, el de los contratos, el que facilita el lavado, quedará a cargo de la gente del Faraón y la garantía de los chelitos para la campaña del 2016, y así no usar los molongos conseguidos honradamente por la Fundación Global.
Juan Bosch, a pesar de las promesas en su tumba, seguirá en el ostracismo, pero a él le dedicaremos nuestra próxima entrega y toda la principalía para Cuando sea presidente.

