En el año 2018 Haití decidió desviar hacia su territorio el río Dajabón y, de inmediato inició la construcción de las obras necesarias para lograrlo.
Desde entonces, han ocurrido muchas cosas graves en el vecino país: su presidente fue asesinado; desaparecieron casi todos los estamentos del Estado; emergieron, con fuerza exterminadora, varias pandillas criminales que se han apoderado de las verdaderas riendas del poder, y el hambre, las enfermedades y la inseguridad de vida se han apoderado de la desventurada población.
Pero nada de eso ha podido desanimarlos ni dividirlos en su propósito de apoderarse de las aguas de ese río. Por eso, las obras de ingeniería emprendidas con tales fines, hoy están a punto de su culminación. Su decisión ha sido unánime, inconmovible e irrevocable. ¡Cuánta firmeza! ¡Que unidad tan acerada! ¡Cuánto heroísmo patriótico!
¿Y nosotros qué?
Hoy, un discursito en ONU, mañana, otro en OEA. Hoy cerramos una puerta de la frontera para abrirla mañana. Hoy “deportamos” 500 inmigrantes ilegales, para recibir mañana otros 2,500… Hoy, un juramento, mañana una traición. ¡Cuánto hemos degenerado!
El pasado día 11 de enero, el gobierno dominicano reveló, con mucho orgullo, que sostuvo en Washington (bajo auspicio de OEA), conversaciones con una delegación haitiana sobre el “diferendo” relacionado con la construcción del “canal” Pittobert; detalló, entre otras cosas, que “compartieron” sus puntos de vista sobre el tema y, “exploraron” diversas opciones (aún desconocidas) para llegar a una solución “justa, equitativa y razonable”.
Agregó, además, que los dos países acordaron la necesidad de llevar a cabo “un estudio técnico” con el apoyo de una organización internacional calificada, seleccionada de común acuerdo, para determinar la realidad hidrológica, ambiental y social de la cuenca del río…
¡Cuánta belleza!
Mientras tanto, ya sólo faltan algunas semanas para que sea un hecho consumado la expropiación del río. Y después de eso, ¿qué? Bueno, vendrán el llorisqueo, las quejas lastimeras y los altisonantes reclamos; todo lo cual, posiblemente, se ahogue en la estridente vocinglería de una rebajada “contienda electoral”.
De todas maneras, es válida la pregunta que titula este modesto pero sentido artículo: ¿Debilidad o traición?
Afortunadamente, como dice el refrán: “no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”. Ya vendrán tiempos mejores y, cabe repetir lo que dijo una vez un procurador general de la República, cito: “no os desesperéis”.
Por: Ramón B. Castillo S.
ramonbc46@gmail.com

