La acumulación de tanto poder arrastra más lacras que las ventajas que representa ostentarlo de manera absoluta. Es el dilema a que se enfrenta el presidente Leonel Fernández cuando abandone la presidencia dentro de poco menos de ocho meses.
La desconfianza en grado extremo es una de esas taras. Se le presenta desbordante como los poderes que ha logrado acumular. Incluso va más allá de su partido, sin que, necesariamente, sea mucho decir.
Es determinante disponer de mayores privilegios supremos, incluyendo el manejo del presupuesto y las designaciones oficiales. Fuera del poder todas las agravantes les desfavorecen, sin importar quién sea el nuevo presidente. De eso y de volar chichiguas, nadie les puede contar algo nuevo. Supongo.
Ser un objeto y no un sujeto del poder, es una de las lacras que más ha dañado y enajenado a hombres de Estado en todas las épocas, cuyas intenciones originales distaban de ser las que les degradaron espiritualmente, al final de sus días. Ni Lilís ni Trujillo llegaron con la intención de hacerse dictadores.
Se fueron moldeando en el uso del poder. Mandaron a la porra sus ideales y sus principios si los tuvieron-, presas de las ambiciones, los halagos exagerados y, sobre todo, del miedo. Es aterrador volver a una vida normal cuando el poder es desbordante. Más aún cuando, en su gobierno, se ha entronizado el abuso y el enriquecimiento apresurado de unos cuantos.
Es probable que sea el instinto de conservación, por efecto del temor, lo que les haga volver a la realidad, tras quedar atrapados en su mundo maravilloso. Es comportamiento que parece afectar a quienes asumen el poder en una sociedad sin instituciones fuertes, como la nuestra.
Al final, nos queda el desastre de un país carente de respecto y credibilidad en todo el mundo. Más pobre, con las mismas taras, pero peor. Según un reciente reporte del Banco Mundial, en 1996, primer año del gobierno del presidente Fernández, [1996], nuestro país estaba en el 55%, es decir que en un 45% de los países se controlaba mejor la corrupción. En el 2010 hemos bajado a un 22%, es decir que ahora en un 78% de los países se controla mejor la corrupción que en el nuestro.
Eso significa que entre nosotros ahora hay casi tres veces más corrupción que en 1996. Y esto no es para morirse de la risa, sino de miedo.

