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Desatinada gratitud

Desatinada gratitud

Fernando De Leon

Por: Fernando De León
fernando26.deleon@yahoo.com]

Ahora que ha pasado el tiempo es que justipreciamos lo que dijo hace unos años un desaparecido editorialista. Sostuvo que el periodista no debe agradecer, si quiere ser coherente en sus principios.

Se refería ese zahorí del periodismo, a que no se debe agradecer a los políticos, exfuncionarios y expresidentes que han incurrido en corrupción en perjuicio del erario y los desposeídos, muy a pesar de privilegios en ciertas coyunturas políticas.

¿Cómo ser “desagradecido”, y al mismo tiempo ser coherente en lo ético? Sencillo, si un periodista es beneficiado por una de nuestras figuras políticas, al margen de chantajes y otras máculas, ello no significa que los favores lo conviertan en un profesional abyecto, si quien lo privilegia, comete probados actos de corrupción.

Regularmente carecemos de la institucionalidad que debe normar el reconocer algunos méritos a individuos insertos en poderes fácticos.

El reconocimiento no debe obliterar nuestros principios, y conducirnos por senderos de pusilanimidades y apañamientos. De ser así, hay que esforzarse por mantenerse al margen.

En la práctica, soslayar favoritismos no conforma nuestro currículo académico ni empírico. Ello estimula el caudillismo de políticos y funcionarios que, a la fuerza, quieren repetirse en la cosa pública. Además, es evidente que muchos de nuestros educadores y mentores también claudican en lo deontológico que debe conservar el periodismo.

De todo esto se desprende el que muchos de los periodistas, al margen de sus simpatías político-partidarias, insistan en ufanarse de que determinado funcionario o exmandatario, presuntamente, es su “amigo”.

No es extraño que después de criticar inconsistencias políticas del orden de cosas, oír a un periodista o comunicador decir “yo le aconsejé” tal o cual cosa. Y la gente llana no repara en ello por falta de educación institucional. Por esa razón entienden que los actos de corrupción y desacertados tráficos de influencias, son inocuos.

No hay que tener altos grados académicos ni ostentar un PHD para darnos cuenta de nuestras falencias.

El Nacional

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