Ocasiones hay en la vida que nos obligan a ver los hechos de modo desapasionados, para luego colocarlos en su justa dimensión. Así se pone a prueba el grado de conciencia sobre algunos de los hechos donde la cotidianidad pretende obnubilar el raciocinio en torno de casos que, como el delito traen repercusiones personales, familiares y sociales.
Con este comentario preliminar nos estamos refiriendo a María Isabel Flores, la mujer que, en la segunda semana del mes de enero, denunció ante la Fiscalía especializada en género una presunta agresión sexual por parte de Leonardo Faña. Ambos, funcionarios de alto nivel del Instituto Agrario Dominicano.
Por la dramática descripción, que de lo ocurrido, hizo la denunciante, la sociedad quedó conmovida, pero a la expectativa de lo que más adelante sucedería, pero ahora resulta que la mujer ha decidido desestimar la demanda, y con ello cualquier acción penal o civil contra Faña.
La Corte de Apelación, en el entendido que es un asunto de interés público, piensa seguir adelante con el caso. Es lo mejor que puede suceder frente a este horror, pero se sabe que la acción de la víctima es la que pone en movimiento la justicia. Ojalá que la Corte no deje, como en ocasiones, enfriar el asunto, y ahí se quede la cosa sin llegar a las últimas consecuencias, el cliché.
Así como la sociedad dominicana quedó impactada con la denuncia sobre la supuesta agresión sexual recibida, como lo contó ella misma ante un país que quiere poner fin a esta práctica, también esa sociedad está a la espera de que María Isabel explique los motivos para poner y abandonar el caso, y así no tener que especular sobre ninguna posibilidad, algo que va contra la dignidad y credibilidad de cualquier víctima. No queremos sombras de dudas.
Si es cierto, como se especula en este caso, que entre ambas personas hubo un negocio, peor todavía pues estaríamos frente a mercaderes vulgares y de estima empobrecida. Y si el otrora victimario busca limpiarse y salvarse, esto también hay que determinarlo. Es su condición de “calumniado” que debe forzar a que la justicia demuestre, ante el mundo su inocencia.
Es necesario afrontar este tema, que no es nada raro, porque muchos hombres y mujeres están tan habituados a esta práctica deshonrosa que, aun conociendo las leyes y los esfuerzos institucionales contra esas inconductas, prefieren ignorarlas y pasarlas por alto. En el caso de las mujeres que caen dentro del juego de la “conveniencia” hay que recordarles páginas de historias pasadas, y de la reciente que hablan del digno lugar que les corresponde.
Por: Melania Emeterio R
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