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Acuerdos en el PRD

Acuerdos, pactos y arreglos, son términos y hechos comunes en la arena política. Y se producen en regímenes autoritarios y en la dinámica  de las democracias más refinadas. 

  La historia  registra acuerdos beneficiosos para todas las partes y pactos mostrencos en los cuales una élite acuerda, a espaldas del pueblo o de las bases de un partido, la preservación de espacios de poder o disfrute de privilegios a favor de una minoría que carece de votos para ganar unas elecciones pero  tiene fuerza para impedir una victoria.

Ahora bien, aun en esas circunstancias casi de chantaje podría justificarse un acuerdo de “aposento” en política si éste se hiciera imprescindible para ganar unas elecciones. Por ejemplo,  Hipólito Mejía hizo una ingeniería de pactos hacia lo interno del PRD durante su recorrido victorioso desde la convención interna en 1999 a las elecciones generales de mayo del 2000. 

Hay  otros motivos para pactos.

Los partidos políticos de masas son entidades heterogéneas en su composición social y por tanto promueven intereses variopintos; su estrategia va dirigida a atraer e incorporar a sectores muy diversos de la sociedad. 

Por otro lado, la dinámica de lucha y crecimiento del partido da lugar al nacimiento en su seno de nuevos líderes y legítimas aspiraciones individuales. En muchos casos, esos liderazgos representan también intereses externos. Esas son, entre otras, las causas del nacimiento de las llamandas tendencias o grupos dentro de los partidos democráticos.

Ahora bien, lo que pasa es que en el PRD la multiplicación de grupos y de acuerdos entre cúpulas,  ha devenido en una epidemia que se reproduce con igual estilo e intensidad, temporada tras temporada, sin hacer caso de las mutaciones que, con el paso del tiempo, experimenta la sociedad en sus preferencias y en su sensibilidad política.

Esa larga tradición de grupismo y arreglos entre jefes ha incentivado la proliferación de las tendencias y de aspirantes por decenas para cualquier cargo electivo dentro o fuera del partido, conscientes de que, cuando estalle la crisis expresamente provocada, se pasará a la negociación y al reparto de cuotas.

Esa práctica va desnaturalizando la esencia del partido, que aparece ante el público  como  espacio para  canje y reparto de beneficios  entre grupos  y no como  instrumento de lucha por asuntos de interés común.

El resultado ha sido también un partido con endeble institucionalidad, en permanente confrontación interna y sin identidad de discurso.

Entiendo, que cuando algunos dirigentes perredeístas critican hoy los acuerdos de “aposento” están pidiendo que la institucionalidad partidaria funcione, que las bases elijan sin engaños y coartadas a sus dirigentes, y que se supere esa costumbre que tanto daño  ha producido al PRD y no, como lo quieren presentar algunos, que se  procure el avasallamiento de  minorías  o de adversarios transitorios.

El Nacional

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