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En la antigua Grecia se le preguntaba al sabio Solón: “¿Cuál es la mejor Constitución? El  contestaba: “Decidme primero para que pueblo y para que época”.

Viene a cuento porque, en los últimos años, juristas de la Universidad de Valencia, España, recorren América Latina con una carpeta de recetas para reformas constitucionales al gusto de la centroizquierda emergente. En edición reciente, el diario madrileño ABC señala a  Roberto Viciano Pastor y Rubén Martínez, catedráticos de Valencia, como  asesores principales de las últimas reformas constitucionales de Venezuela (2009),  Bolivia (2009) y  Ecuador (2008). En mayo pasado,  estuvieron en Honduras  asesorando el  plan de reforma constitucional que auspiciaba el presidente Manuel Zelaya.

Esas reformas amplían la participación y derechos políticos de indígenas y sectores de excluidos sociales; además, amplían la participación del Estado como empresario único en importantes renglones de la economía. Pero, en el plano político,  promueven una excesiva personalización del poder político al consignar la reelección indefinida del Presidente.

En Venezuela y Bolivia, introdujeron la reelección indefinida, en Ecuador se restableció la reelección y  Zelaya, en su proyecto, incluía el mismo propósito. En Nicaragua, Daniel Ortega, anunció en abril pasado que propondrá una nueva Constitución con reelección indefinida.

 A mi juicio, estos dos elementos: la profundización de la participación del Estado  y el propósito  de continuismo  sin límite de tiempo  y de un mismo líder,  son factores principales en la  tensión y los conflictos políticos en la región.

Esa cadena de reformas ha quebrado en Honduras, tierra de bases militares norteamericanas y de poderes fácticos de rancia estirpe; es decir, un terreno en el que Zelaya debió tener en cuenta el sabio dictum de Solón.

El Nacional

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