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Temblores

A las 5 de la mañana del 18 de abril de 1906, un terremoto de magnitud 7.8 en la escala Richter estremeció durante 40 segundos los cimientos de la ciudad de San Francisco, California. Las imágenes legadas  por el topógrafo Clarence Nelson, ilustran un cuadro patético: edificios destruidos, desarticulación de los servicios de iluminación, agua, gas y comunicaciones, gente aplastada, sobrevivientes deambulando  y caballos  fulminados con todo y carruaje, bajo escombros.

El gas de las tuberías originó un fuego masivo que redujo a cenizas  el centro de la ciudad. Más de 3 mil personas murieron y  225 mil quedaron a la intemperie.

Otras fotos muestran que sobre la gran Falla de San Andrés, empalizadas que separaban fincas quedaron de pie pero rotas y alejadas paralelamente en  distancia de hasta 20 pies. Eso generó conflictos entre propietarios por no saber  quién era dueño de qué.

Geólogos del Servicio de Vigilancia Geológica de  Estados Unidos,  tuvieron que encampanarse en los picos de las montañas para fijar límites de propiedades.

Para ese tiempo, poco se conocía  sobre las causas y dinámica de los temblores de tierra, y tampoco se tenía adecuada experiencia sobre cómo prevenir y mitigar las consecuencias de las descargas sísmicas.

La comisión técnica que evaluó el sismo, en su informe, incluyó un capítulo escrito por el geofísico Harry Reid sobre las causas de los terremotos. Dicho trabajo, conocido luego como la teoría del rebote elástico, es  hoy como parte esencial de los fundamentos de la sismología moderna.

Los estudios de Reid y los desastres múltiples del 1906 impulsaron el desarrollo de las construcciones sismo-resistentes y las técnicas para mitigar los efectos de catástrofes futuras. Lamentablemente, en naciones como Haití y República Dominicana, todavía andamos peor que en el San Francisco de 1906.

El Nacional

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