El cambio climático es uno de los componentes reconocido en la actualidad como parte del cambio global (Vitousek 1992). Las tendencias en el aumento de la temperatura promedio global del último siglo, así como el aumento concomitante en la concentración atmosférica de diversos gases de invernadero como el bióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O) han provocado inquietud sobre las implicaciones de un cambio climático tanto en los ecosistemas naturales como en los manejados.
Una evidencia del calentamiento reciente del planeta radica en que diez de los años más calientes de que se tiene registro, han ocurrido en las décadas de los 80’s y 90’s (Jones 1994). De allí que las estructuras climáticas locales de cada región posean diferenciaciones básicas para prejuicio o mejora del clima local y regional, y los componentes esenciales químicos que se emitan en determinadas zonas van a estructurar de manera clave las variaciones climáticas que se expresan en el mismo.
El aumento de la temperatura puede afectar procesos biológico-ecológicos importantes. Por ejemplo, puede incrementar las tasas de respiración y las tasas de mineralización de N (I.E., la transformación de N orgánico a inorgánico). Ambos procesos, sin embargo, tienen consecuencias contrastantes sobre el almacenamiento de C (Houghton et al. 1998). El primero provoca una pérdida mientras que el segundo aumenta el almacén de C terrestre.
El balance final depende de diversos factores tales como los cocientes C:N de la materia viva y del suelo, el destino final del N mineralizado, la capacidad de crecimiento de las plantas y la respuesta de los microorganismos del suelo. Aunque se ha postulado que el aumento en la temperatura provocará un secuestro de C en la madera de los bosques mayor que lo que se perderá a la atmósfera por la mineralización de la materia orgánica del suelo (Melillo et al. 1993), existen cuestionamientos serios sobre los resultados de los modelos que los han producido (Houghton et al. 1998).
Cuando nosotros alteramos las estructuras climáticas, ya sea de forma industrial o de manera personal estamos participando directamente en el cambio climático y estamos infravalorando nuestra calidad de vida. Las consecuencias del cambio climático no sólo implican variaciones globales en la temperatura sino también cambios regionales en los patrones de precipitación y por lo tanto, en los procesos dependientes de la disponibilidad de agua como la productividad primaria y la disponibilidad de nutrientes en el suelo.
Existe aún incertidumbre con respecto a los cambios en precipitación a nivel global, aunque existe evidencia que fenómenos como El Niño, que afectan la lluvia a escala continental, ya están presentando anomalías.
Las predicciones de los modelos sobre los cambios a nivel regional son aún más variables (Liverman & OBrien 1991). Sólo en América del sur las estructuras mineras a cielo abierto han ocasionando serias implicaciones climáticas y han cambiado los patrones de lluvias predominando las lluvias ácidas en toda la parte sur del cono y en la parte central de la cordillera de los Andes y su estructura geológica ha ido variando de manera sensible alterando los patrones de producción agrícola y ha afectado la calidad de vida de poblaciones completas.

