Nada menos que el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, se une al coro de la Administración del presidente Donald Trump de condena y presión a República Dominicana, El Salvador y Panamá por su libérrima decisión de establecer relaciones diplomáticas con China Popular.
En un discurso sobre China en el Centro de Estudios Hudson, en Washington, Pence acusó al Partido Comunista Chino de “convencer” a los tres países de romper lazos con Taipéi y reconocer a Beijing, lo que a su juicio “amenaza la estabilidad del Estrecho de Taiwán”.
El propio vicepresidente estadounidense admite que para establecer relaciones con el régimen chino, Washington tuvo que acogerse al principio de una sola China y romper nexos con Taiwán, aunque no dijo que esa decisión puso en peligro la estabilidad del gobierno taiwanés.
Estados Unidos aplica una política de doble moral porque condena la decisión soberana de otras naciones de establecer relaciones diplomáticas con China Popular cuando su gobierno hizo lo mismo además de aceptar la obligación previa de romper nexos con Taiwán.
Lo que resulta intolerable es que Washington advierta que ha instalado en El Salvador una estación de monitoreo político y diplomático para dar seguimiento a las relaciones de República Dominicana con esa nación asiática, además de advertir sobre posibles consecuencias.
No hay forma de evitar posibles castigos o reprimendas de la Casa Blanca contra Panamá, El Salvador y Santo Domingo, por el pecado capital de ejercitar su soberanía, pero el Departamento de Estado debería saber que la historia ha demostrado que los pueblos de esas naciones no abdican por ningún motivo a su independencia y autodeterminación.
Sería una lástima que a causa de inadecuadas políticas imperiales, se empañe la gestión de la embajadora Robin Bernstein, quien ha dado muestras de tener voluntad de estrechar aún más los nexos de cooperación política y económica entre ambas naciones, pero es claro que de este lado no se renuncia a la heredad de los padres de la nacionalidad dominicana, de poder ejercitar plenamente el sagrado principio de soberanía.
Esta vez corresponde al gobierno dominicano rechazar a todo pulmón la condena vertida por el vicepresidente de Estados Unidos por su decisión de establecer relaciones diplomáticas con China, en las mismas condiciones que lo hizo Washington hace 39 años.

