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Si hay una profesión que nos acerca a los Dioses es la educación. Poder recibir en el aula a la infancia y por primera vez asomarlos al conocimiento, la belleza de la lengua, el asombro de la Botánica, la Química y la Física, es no solo un don sino un poder: el de encantar y maravillar a esa infancia con el conocimiento, o perderla para siempre, haciendo que deserten, o vean el saber cómo obligación.
Se de maestros, en un escuela de arte, cuyo objetivo es que la mayoría deserte. Vienen de “Chavón” y eso en vez de dotarlos de instrumentos para acercarse a la gente y abrirles las puertas de la forma, el color, la imagen, lo que parece es haberles dotado con un mecanismo para diferenciarse de los y las demás. A veces de una clase de 25 pierden 23 y nadie parece notarlo.
Y conozco profesores/as que nunca establecen una relación de empatía con el estudiantado, muchachada que llega a Secundaria ávida de un pasaporte para el mundo del empleo y su integración a la sociedad.
En ambos casos esos profesores y profesoras traicionan el legado de ese gran maestro que fue Hostos, y de esa mártir de la educación dominicana que fue Salomé, denominándolo como el Apostolado de la enseñanza, para Simón Rodríguez, maestro de Bolívar, el más hermoso regalo del pensamiento universal.
Suena hermoso cuando lo escribo, sobre todo cuando recordamos que la educación pública se ha ido quedando huérfana de idealistas, porque han emigrado a la educación privada, y quienes llegan a un muy degradado magisterio son los hijos e hijas de la pobreza. La material y la más grave: la cultural, para no mencionar el mandamiento fundamental de un profesor o profesora: la ternura.
Cuando ese profesorado arriba al salón de clase, victimizado por la violencia cotidiana, que no se cuantifica: el hacinamiento, el transporte deficiente, el ruido, el menosprecio social y racial, el ninguneo, pedirle que se convierta en ángel que abrirá las puertas del conocimiento como felicidad a millares de niños y niñas, es como pedirle aguacates al olmo.
Se de profesores que compensan todas las carencias de su infancia (una casucha de tablas de palmas y techo de canas en Sigue, por ejemplo), con la soberbia, como si ello les dotara de un pasaporte a la respetabilidad.
Y si a eso añadimos que la infancia que arriba a la escuela es también victima de esa violencia cotidiana que es la pobreza, entonces educar deja de ser una maravilla y se convierte en una condena.
¿Qué hacemos? ¿Cerrar las escuelas, los centros educativos?
Implementar un sistema de capacitación para crear conciencia. (Continuará).
Por. Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

