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El bosque seco del noroeste

El bosque seco del noroeste

Todo desierto es innumerable y contiene todos los misterios improbables.

Es el hábitat de las aromas, las cactáceas y los cambrones tutelares.

Es el caos de arena que pare lo incomprensible y lo incomensurable.

Es el “desertus facere” en que el hombre protagoniza la caída.

Es el que refugia a las especies que huyen del invierno de las zonas templadas, exhalar el oxígeno, crear una espectacular belleza escénica, recrear las plantas medicinales, preservar el tanino, regalar el papel que no le cuesta y decidir las artesanías magistrales de los artistas.

Es el hogar del escorpión de fuego blindado para la ocasión

El tamarindo de los inmensos patios febriles es en nuestro breve desierto noroestano y del sur la forma de la unción y del privilegio.

La cana elemental, que marca la transición entre la humedad y la arena desolada, se siente en su mejor momento cuando reproduce su hábitat en los montículos de la explanada noroestana y las grises elevaciones de la cordillera.

Esa frágil piel hecha de tierra y de soledad que ha soportado los climas desorbitados, las tempestades y el calor que destella en los arbustos más resistentes, pierde  la batalla de la sobrevivencia.

Cuando terminen sus días el Apocalipsis no será talvez la metáfora gris del paraíso perdido.

Las noches, por encima de sus espacios hostiles, de sus púas amenazantes y del rostro  luctuoso de los caminos, le ganan en esplendor a todo lo que hayas soñado en los confortables espacios de la vida urbana.

Decir “cielo estrellado” es rebajar a luces distantes lo que no tiene pronunciación cercana.

Esta constelación sensible es estrella, en guirnalda y nada. 

Ellas pronuncian la constancia de la luz, la sinfonía de la cigua de malla, el vigor de la inclemencia en los espejos de la madrugada y la rareza de lo que no hemos pisado o precisado en mil años de espera.

Andar por estos pagos es sonreírle sin pudor a las sombras ya escasas. Las modalidades de esta reunión arbórea van del bosque de borduras al abierto, boreal, templado, claro, denso, maduro, patrimonial, primario, ralo, templado, termófilo, egidal, ninguna de las cuales es diferente a sí misma.

Un atardecer en el noroeste, por ejemplo, cerca del sonido como de tenor acongojado del océano, no tiene una sobria razón que lo ampare en el ejercicio de la palabra.

El manto vegetal se ha llenado de gemas que vinieron con el cambio climático  con sus tornados, sus penas y sus breves chorros de esporas matutinas.

Una noche bajo la luna llena en la laguna Saladillo sobre una barca  eficiente y desvencijada es un descubrimiento digno de los ascendidos.

Unas horas entre los charcos Los dos Hermanos, que tienen dos temperaturas radicalmente diferentes, dos configuraciones, dos formas de ser charcos y que están justo en medio de un bosque más o menos denso, es explorarse y descubrirse.

Un aguacero que te baña de pies a cabeza en el verano de Botoncillo o La Clavellina, camino abajo, no tiene clima ni sangre ni temperamento para  dejarnos en el rostro un clima de risa y  de regozo.

El crepitar de las hojas de mayo bajo la algarabía de los bubíes que cruzan en picada por El Zapato y llegan a desovar entre los pantanos de Manzanillo y otras circunstancias, es un momento reservado a la  las verdades eternas.

Al olor de la tierra mojada, entre el tumulto de las madam zagás y las palmeras erizadas, no se las puede desdecir con las letras que reúne el vocablo “fragancia.”

El agua corre sin voz por las hendiduras del alma.

Cada gota de lluvia revela un orbe estelar, una alianza entre  color  distancias.

Una estancia en El Zapato, de Montecristi, es la comunión intensa entre el océano y el tiempo sin tiempo, entre la multitud del agua y la arena que se resuelve en llamarada seca y desierta.

El cielo se transparente hasta desaparecer ente las olas, la noche y la somnolencia del agua que, por fin se aquieta tras una jornada exhaustiva, como si necesitara de un esfuerzo descomunal para poder seguir siendo océano. En el borde ignorado de la galaxia, el relámpago cuenta la historia del tiempo.

Una vuelta por estas posesiones de la naturaleza es una posibilidad perenne de dulces de leche deliciosos, de prodigios inalterables, de caminos que el atardecer va borrando sin horizonte.

Son el universo callado del cajuil y el mango convertidos en néctar insólito.

El bosque es una orquestación pura, una conjunción armónica y precisa en la que nada desafina, ni sobra ni falta.

Todos los cuerpos, todas las especies conocen la regla básica: hay que sobrevivir, hay que reproducirse, hay que llevar la carga de ser y de seguir siendo.

Grandes cactus candelabros, la galería de la sabana cruza bajo el ciempiés, la culebra y la salamandra, diestros en el dominio del monte salvaje.

La abeja pasa rozando los límites del los espinales hidrógenos que acumulan sus reservas para las prolongadas temporadas sin recursos de sobrevivencia.

Los alisios desdeñan la árida llanura, náufraga del polvo y de la amnesia,  se van hacia las tierras de promisión a descargar el maná oportuno. 

Zarzas arbóreas que la ciencia se regodea en rodear con nombres como Prosopis, poponax, mimosa, bulnesia. Las salvan de esa encrucijada gramática la inocencia de todo decir o desdecirse.  

Bosque caducifolio-se deshace temprano de las hojas para preservar la energía en las temporadas rigurosas- y sobrevive de innúmeras catástrofes.

Pequeñas bromelias de raíces profundas que aprendieron temprano a reunir el agua en un corazón hecho de aire y de buena memoria.

El Roble (Quercus oleoidos) de flores delicadas como ángeles hechos de neblina y sal, honra incólume, el verbo que deriva en resistencia.

Nuestro árbol nacional, la caoba (Swietenia humilis) de hojas pequeñas y brillosas, glosa los estambres del rayo y la luminiscencia de la luciérnaga.

El Nacional

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