Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

Mal anda un país, donde la ley es algo que está allá lejos, utilizado solo excepcionalmente y con el simple objetivo de jorobarle la existencia al hombre decente.

Organizar el país y encaminarlo para que algún día llegue a ser una nación civilizada, pasa fundamentalmente por la aplicación de las leyes. Caiga el que caiga. Pero en ese “caer” está la vaina, pues aquí siempre aparece el financiador de campañas para quebrarle el pulso al poder a partir de cobrar favores prestados al partidos.

Bien que lo dijo, don Cicerón: “Para ser libres uno debe ser esclavo de la ley”. Sin esa “esclavitud” vamos derecho al caos, la anarquía, que es justo y lo que vamos viviendo en un país donde la aplicación de las leyes se detiene ante todos los despachos que pueden dañar la imagen o la financiación de un partido.

Mal anda un país donde la ley solo existe para jorobarle la existencia a la gente decente, al club de los pendejos, quiero decir. Veamos:

La ley contra el proxenetismo se detiene ante ciertos círculos que promueven y administran “el  ejercicio liberal de la sexualidad” de chicas de espanto y sueños con “amigos” ricos en villas y otros palacetes. (Hay que cuidarse con ofender a las prostitutas “de la base”, ay, Rosa, no olvidemos que también existen las de un solo dueño).

La Ley de tránsito no existe para conchos, voladoras y motoconchos. Pero al ciudadano de a pie le es aplicada con la rigurosidad de un portero.

Las leyes laborales obligan a que todo empleado sea dominicano o residente legal con permiso de trabajo, y cotice a la Seguridad Social. Como obligan a que por lo menos el 80% sea de nacionalidad dominicana. Nada de eso se cumple porque sectores empresariales y financiadores simpáticos de los partidos solo son “rentables” si operan con trabajadores ilegales sin derechos laborales y a veces ni humanos.

Y no hablemos de ese enriquecimiento ilícito y meteórico, en blanco como en morado, que no soporta la más mínima auditoría visual. O de un Congreso, gomígrafo cuando le conviene, que legisla para su propio beneficio y aprueba reformas fiscales sin tocarse exoneraciones, cofrecitos, barrilitos, y una M que no es de miércoles, don Radha. Y tenemos un depreco -o como se llame ahora- que ni previene ni sanciona a pesar de que a eso lo manda la ley.

 Como ven, estos son ejemplos vencidos de una patria en bandolera. De un país donde la decencia es sinónimo de cobardía, donde se premia la maledicencia mediática y se castiga la torpe búsqueda de una inalcanzable objetividad periodística que una campaña política enterró, y ya ven: genera más beneficios y reconocimientos que los que debe recibir una Miss si es morena, ay, de pelo negro, que ame a Sabina, lea a Neruda y sea del Licey. ¡Un amor!

(“Allá Dios que será divino… yo me muero como viví”).

El Nacional

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