Por Rafael P. Rodríguez
El Nacional
SANTIAGO.- Se atribuye a un señor de nombre Caín, que pudo haber existido o no y ser, asimismo, no importa, la imagen de la envidia, del rencor y de los valores de la tierra, el haber construido la primera ciudad, y ser el padre de la agricultura, descubierta en realidad, por la mujer, según la ciencia.
De sus padres, los muy desinhibidos, en principio, señores don Adán y doña Eva, Manuel Rueda descubrió que, leídos sus nombres al revés, significan Nada y Ave. Finalmente fueron castigados a vestirse, confiscados sus escasos bienes y echados del Edén no por efectos del llamado de la carne, como dicen, sino por desobediencia.
La ciencia, que debe andar sobre aviso, tiene derecho a enmendar errores, incluso propios, falsas apreciaciones y los efectos del mito que suelen chocar con la lógica particular de lo que se tiene como sagrado.
La ciudad signa el sentido organizacional del ser humano, sus tensiones psicológicas y sociales, sus sueños, sus pesadillas ingratas, su voluntad de repoblarse y de repoblar.
Es asimismo, la ciudad, signo de la sedentarización de los pueblos nómadas y de una cristalización cíclica, a lo cual deben su condición cuadricular. Lo cuadrado decide un sentimiento de estabilidad.
El campamento, que es circular, nómada por definición, declara el movimiento.
En cambio, al desarrollo babilónico que hay hoy debemos el caos, la pesadilla del convivir como quien anda a caballo, sin el caballo.
De acuerdo a un serial de creencias seculares, que se extienden por todo el orbe, las ciudades, establecidas originalmente en el centro del mundo, reflejan el orden celestial y reciben sus influencias inmediatas.
Devienen asimismo en imágenes de centros espirituales, salvo que te encuentres, al mediodía justo o a las 6:00 de la tarde, en una vorágine de motoconchos o ruta de carros llamándote la atención con bocinas ensordecedoras y dolorosas para que se montes donde no te vas a montar. Hubo alguna vez una Heliópolis primordial, ciudad del sol, y una Salem, dedicada a la paz.
La Jerusalén celestial tenía doce puertas, tres a cada oriente, correspondientes a los doce signos y a las doce tribus de Israel, Estado que ahora no quiere tener vecinos, la mitad de ellos niños, hoy traumatizados, y que parece quererlos vaporizar y bautizar en el fuego, extinguirlos. De acuerdo a Platón la capital de los atlantes, que hasta prueba en contrario, no pasa de ser un producto imaginario del filósofo griego, estaba dispuesta de manera semejante a los antes citados, sólo que tenía forma circular y era el símbolo de perfección celeste, en círculos concéntricos. El pensamiento medieval entendía al hombre como un peregrino entre dos ciudades. La vida es un pasaje de la ciudad de abajo a la ciudad de arriba. La de arriba es la de los santos, mientras que aquí abajo, los hombres, peregrinos por gracia, ciudadanos de la ciudad de lo alto por elección peregrinan hacia el reino.
Los astros inspiraron a los primeros pobladores, a las pirámides y a los templos más desorbitados u organizados.
Sobre estas construcciones converge casi siempre el sol, que por milenios fue un dios mayor, junto a los planetas que fueron divinidades menores. Contrario a una no muy bien estudiada arquitectura, hoy se construye sin tomar en cuenta el reflujo del viento como los reflejos del sol, los cambios del tiempo, de las fuerzas estacionales y de las mareas.
En aquellos días rigurosos, como los del desierto, por ejemplo, era vital que no se echara de menos la dirección de la brisa, de las aguas o de las corrientes telúricas, según un esquema de sombra y luz.
Ahora en una ciudad como ésta, en la que ronda la posibilidad del terremoto que asola, no se tiene todo a mano y ni siquiera la mitad, en materia de prevención, de salvamento masivo, de protección global de la población. En la India, los cuatro orientes corresponden a las cuatro castas. Por razones de pura superstición y tradición, ciertas castas se han creído superiores, y las hay intocables, es decir, de una dramática inferioridad
En Roma, con su Coliseo inmenso, en Angkor, Camboya, en cuyo interior del palacio budista desmesurado, cabe la Ciudad del Vaticano entera y sobra bastante terraplén, y en todos los países de la antigua China, dos vías perpendiculares unen las cuatro puertas cardinales y hacen que el plano de la ciudad se asemeje al mandala cuaternario simple de Shiva, en la India.
Hay ciudades dedicadas a los dioses, otras constituyen el resumen de un imperio y sus cuatro direcciones del espacio, que manan de ellas, como también de sus cuatro regiones.
En esas cuatro direcciones se difundía la virtud regia, los homenajes de los vasallos y se producía la expulsión de las malas influencias.
Los cuadrados encajados en China, el centro de una serie, rememora la forma del triple recinto de los celtas y de los griegos.
Entre los indios existe la ciudad divina o Brahamapura, es asimismo una designación del corazón, centro del ser, donde reside Purusha.
Para lo contemporáneo, la ciudad es uno de los símbolos de la madre, con su doble aspecto de protección y de límite.
Este reperpero de pueblo que es el ambiente actual, con espacio escaso para el transeúnte, con naufragios diarios, con las aceras superpobladas de féferes, con aire polucionado, es a lo mejor, el castigo de alguna divinidad o quien sabe qué cosa peor así como está.

