Muchas reflexiones, disquisiciones o especulaciones teoréticas, surgen al calor de una nueva lectura del libro Danza del Instinto (Editora Universal, 110 pp.), de Oscar Peña (Las Matas de Farfán, 1964).
Libro de instintos e instantes discontinuos. Autor de vasta experiencia periodística y demostrada garra crítica. Libro donde convergen líricas de las más diversas y disímiles facturas. Autor de notable formación libresca, imbuida por un sentido plural de lo académico y lo empírico. Ya en el campo minado de las relaciones públicas, el reporterismo, el mercadeo y la cátedra universitaria. Ya en el ilimitado universo de la literatura y la filosofía.
La Danza del Instinto sostiene como su logro primordial, el constituirse en la resultante de un coro de voces consagradas, asumidas con la conciencia crítica y operática de un oficiante preocupado por el encuentro o la construcción de un decibel propio.
Sus marcadas y numerosas referencias literarias y culturales, hablan de la paternidad de un lector vivo o de las raíces identificatorias de un lector macho, como decía Julio Cortázar (1914-1984)-, asediado por los elementos que conforman a la modernidad, y seducido por los rasgos y tópicos que sólo el tráfago monumental de la clasicidad hace suyos.
De ahí sus cuantiosos puntos de partida: Borges, Neruda, Del Cabral, Benedetti, Vallejo, Pessoa, Huidobro… Y de ahí su nada oculta devoción filosófica: De Nietzsche a Ortega y Gasset. De Parménides de Elea a Fernando Savater. De Kant a E.M.Ciorán, y de éste a Shopenhauer… Y un tanto de estos tiempos; el particular uso de la sintaxis ochentista; el aporte atmosférico de la poesía dominicana de la postguerra; los elementos nodales de la narrativa moderna ejemplificadas en James Joyce y Patrick Suskind.
Sus versos no mitifican la danza de los pasos perdidos, mas sí el tiempo recobrado tras la pasión que otrora edificara lo fugaz.

