Al verlo tirado e inmóvil en el centro de la calle, sangrando profusamente, todos suponían que estaba muerto. Lo descubrieron sus sobrinos que vivían en la casa justo al frente donde fue encontrado, mal herido, pero sin quejarse, al parecer por el efecto anestésico que producía la excesiva cantidad de ron que había consumido.
Era de madrugada. La soledad que reinaba hacía presumir que no se descubriría quién habría sido el autor de semejante paliza. Era obvio que el señor tenía fracturado su brazo izquierdo y su ojo derecho estaba casi cerrado a causa de la contundencia de los golpes recibidos en su escuálido rostro.
Entre dos y cuatro veces cada mes, el beodo incurría en su misma diatriba. Empezaba a ingerir bebidas alcohólicas al inicio de la noche. Cuando todas sus facultades le habían abandonado, empezaba a deambular por las desoladas calles del pueblo, musitando una especie de poema que nadie comprendía por la falta de coherencia de quien intentaba en vano recitarla.
Nadie pudo conocer el origen de su obstinación. Cuando “el músculo duerme y la ambición descansa”, al borracho le daba por detenerse próximo a la vivienda de su objetivo difamado predilecto. Su embestida sorprendía porque pertenecía a una familia allegada a la del destinatario de sus dicterios.
La rabia envenena
El caso es que sus disparos retóricos equivalían a una bomba potente cargada de ofensas, todas vinculadas con la ética personal y pública de aquel a quien iban dirigidas. Pese a todo, nadie prestaba atención a ese noctámbulo discurso porque la honestidad del vilipendiado era reconocida y además se asumía como consecuencia natural de la absoluta pérdida de conciencia motivada por la intoxicación alcohólica.
Así razonaban todos, menos aquel que durante esas noches no podía conciliar el sueño, pero no compartía con nadie la rabia interna que le estaba envenenando el alma y le hacia concebir mil maneras de poner punto final a algo que tanto le perturbaba.
Esa noche no pudo contenerse y juró que sería la última que aquello se repetiría. Al primer improperio que llegó a sus oídos, saltó de la cama decidido a ejecutar su plan. Se dirigió al depósito de cosas viejas que había en su casa. Desprendió un pedazo de madera de una destartalada mecedora y se dirigió hacia el objeto de su venganza.
Minutos después lo despertó y lleno de satisfacción se lo dijo de golpe: “Papá, ya no vuelve a ofenderte”.
Pedro P. Yermenos Forastieri
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