La elección del presidente y los miembros de la Junta Central Electoral (JCE) enfrenta al Partido Revolucionario Moderno (PRM) con un sector importante de su militancia y de la población que lo catapultó al poder. Si la dirigencia del PRM no se ha dado cuenta de la objeción a su propuesta de que los integrantes del organismo sean esencialmente apartidistas es porque no ha querido.
Otra cosa no se puede pensar en caso de que no calibre la temperatura social ante el creciente rechazo de los independientes como sinónimo de apartidistas, pero también de garantía de responsabilidad y pulcritud.
Los motivos que puede tener el PRM para defender el apartidismo, comenzando por su propio nacimiento, carecen de sentido lógico. Y daría un salto extraordinario demostrando que la militancia no es óbice para, como se exige a los funcionarios y servidores públicos, actuar con responsabilidad, transparencia, respeto y apego a las leyes.
Lo que jamás perdonaría la opinión pública es que utilice su mayoría para secuestrar el organismo. Ese secuestro, del que todavía se recuerdan las humillaciones de un presidente a los partidos opositores y la imposición unilateral de técnicos, no es lo que tiene que superarse.
Si hay figuras apartidistas que pueden integrar la JCE está bien que se les pondere. No se pueden rechazar. Lo inaceptable sería descartar a miembros del PRM, del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) o de Fuerza del Pueblo (FP) para formar parte del organismo, siempre que reúnan las condiciones y cuenten con el valioso aval de la sociedad, solo por su militancia política.
No es ningún secreto que con el presidente y los actuales miembros de la JCE, que son independientes, el PRM, aunque terminó por aceptarlos, tenía sus reservas. Y esas personas, de las que abjuran el PLD y el FP para permanecer en sus posiciones, hicieron su trabajo en medio de muchas dificultades.
Es contradictorio que los partidos, que tanto hablan de prosperidad, progreso, honradez y transparencia sean los primeros en descalificarse para dirigir un organismo que a nadie más que ellos, como actores del sistema, compete dirigir. De manera imprecisa y hasta despectiva se utiliza mucho la figura de reparto como repelente contra la posibilidad de que las organizaciones conduzcan los procesos electorales.
Es censurable si fuera para sus miembros nutrirse de privilegios, pero no es así cuando los integrantes, avalados por su trayectoria, tienen el compromiso de actuar con la eficiencia y pulcritud con que dirigirían cualquier oficina pública. Si el PRM insiste en el apartidismo como condición para integrar la JCE se expone a su primera rebelión interna, porque su gente no está en que se le margine.
Por. Luis Pérez Casanova
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