En un país muy lejano, un terrible gigante había sembrado el pánico.
El rey hizo saber a su pueblo que el caballero que venciera al gigante se le concedería la mano de su hija.
El sastrecillo valiente estaba tan ocupado en su taller de costura que ni siquiera oyó el pregón.
El taller estaba lleno de moscas que le molestaban en su tarea, pero había inventado un método muy original para cazarlas y, cuando se quiso dar cuenta, había matado a siete de un solo golpe.
Estaba tan contento de si mismo que se acercó a la ventana y empezó a gritar a todo pulmón.
– Siete de un golpe. ¡He matado siete de un golpe, yo solo! ¡Soy un héroe!
Al oir estas palabras, los guardias del rey lo llevaron inmediatamente a palacio.
Cuando llegó ante el soberano se apresuró a contarle su proeza.
– Ahora ya no tengo miedo de nada- concluyó el sastrecillo.
– Como eres tan valiente, serás tú quien libere al país del malvado gigante le respondió el rey.
Poco después, el sastrecillo se encontraba frente al terrible gigante.
-¿Cómo triunfar frente a alguien tan fuerte? se preguntaba nuestro héroe, muerto de miedo-. Sólo tengo una alternativa: tendré que engañarle.
El gigante, al verle, se desternillaba de risa.
– ¡No tienes nada que hacer! le dijo.
– No cantes victoria tan pronto- respondió el joven-. No olvides que soy el sastre más rápido del país.
Y diciendo esto, le clavó las tijeras en la punta de la nariz. Con unas cuantas puntadas, dejó inmovilizado al gigante.
Cuando el rey se enteró de su victoria, acudió al lugar de la hazaña y se llevó al sastrecillo a palacio.
El joven conoció a la princesa, se casó con ella y fueron muy felices.

