Les confieso que andaba muy acongojada en estos días. Había recibido un recuento de más de veinte reportajes sobre los desmanes de la Dirección de Migración y su abierto racismo contra los haitianos, que me envió el reverendo Telesforo Isaac, Obispo de las Iglesias Evangélicas, y me sentía desolada frente a la -aparentemente sin remedio- deshumanización de la dominicanidad.
¿Agredir a mujeres parturientas? ?Sacarlas de los hospitales? ?Agredir a la infancia? En qué país nos han convertido los inmigrantes “exitosos” que hoy nos gobiernan? Como es que celebramos que el presidente Abinader es descendiente de libaneses, mientras reprimimos sin piedad a los haitianos? ?Estamos repitiendo la historia de USA donde “todos los mexicanos son narcotraficantes y violadores” en palabras de Trump?.
En esas reflexiones estaba cuando decidí leer “El Secreto del Monje”, una novela de Arnaldo Espaillat, sobre el origen de Don Juan Tenorio, en “El Burlador de Sevilla”, escrita por el fraile Mercedario, enviado a Santo Domingo, Gabriel Téllez. Y, como siempre sucede con un buen libro, la maravilla sustituyó el horror.
La primera respuesta que tranquilizó mi espiritu fue esta: “El dominicano es un pueblo inculto, que por los muchos vejámenes sufridos es difícil de tratar y aún más de entender”.
Y, declaro, que mientras más lo estudio más dificil me es de entender su falta de identidad, su afán de considerarse lo que no es. “Indio oscuro” para no denominarse negro; “Dominicano”, para no denominarse mulato.
Falsamente “nacionalista”, para cebarse en los mangos bajitos y no en quienes le han mancillado la nacionalidad desde siempre; afanosamente en búsqueda del reconocimiento (ver en la historia nuestro afán de ser españoles cuando España no dudaba en cedernos a Francia, o a quien le convenía, como trofeo de guerra), debilidad de la que no escapó ni aún Trujillo, afanado en “blanquearnos” con inmigraciones europeas. ¡Por Dios!.
Y, frente a esta primera afirmación del libro, el despliegue de una erudición que la niega, y la demostración de la existencia de una intelectualidad que no alardea, pero es tan dominicana como la isla que habitamos.
Así, nos vamos enterando del rol de la isla en el Nuevo Mundo, de quienes pasaron o vivieron aqui, entre ellos El Viejo y El Mozo Simón Bolívar, bisabuelo y abuelo de Simón Bolívar; y de que “Los tiempos siempre son los mismos. No cambian ni causan la barbarie. La engendran los que detentan el poder, los que provocan las discordias y el escenario en que acontecen los hechos”.
Y, concluyendo, la filosofía de hidalgos como don Arnaldo: “A la mayoría de los hombres no les mueve la lógica ni el discernimiento, sino la fuerza medular que conforma su naturaleza”.

