Opinión

Enorme desesperanza

Enorme desesperanza

Habría satisfacción entre los dominicanos, para no hablar de la utópica felicidad, si el crecimiento hubiera servido para modificar favorablemente la educación y la salud,  aspectos en los que hemos retrocedido notablemente. Concluyentes calificaciones de acreditados organismos no nos dejan mentir.

El Producto Interno Bruto (PIB) para este año se estiman en 53,000 millones, 34,000 millones más que lo alcanzado siete años atrás. El país que Charles Lutwidge Dodgson diseñó para Alicia en su genial obra debió ser un aburrido y agreste páramo del Lejano Oeste comparado con el maravilloso escenario que hoy nos pinta el presidente Leonel Fernández.

Maravillas de las que nadie se ha enterado, a no ser el propio Fernández, sus más cercanos amigos y los dos o tres hombres de negocios que han tenido la fortuna de  sumergirse entre tantos millones de pesos y dólares.

Habrá que preguntarles a los miles de desocupados si han sido tocados por tantas bonanzas. A los empleados de bajos ingresos, incluyendo a policías y militares, si este crecimiento se ha reflejado en la comida, ropa y libros que deben comprar para sus hijos.

Permitirles a las amas de casa que se expresen sobre los precios de los plátanos, el arroz, el pollo, los detergentes, la pasta de dientes, la energía para enterarnos de que para ellas sólo ha crecido la inflación, que las deja sin sueños, salud ni esperanza.

En verdad, este crecimiento ha multiplicado el país por dos. Uno, el reducido, estupendo botín  de quienes se aferran al poder. El otro, el resto de los dominicanos, afanados en sobrevivir en medio de carencias y las presiones del día a día.

Profesionales, ejecutivos de empresas, dueños de pequeñas y medianas empresas empobrecidos por una estrepitosa desvalorización del peso que se come todo lo que ganan, dejándolos sin capacidad de ahorrar e invertir en el futuro. Que les roba la imaginación e iniciativas para crear nuevas empresas y empleos.

Todo eso es el verdadero país que vivimos. No el de ensueños que las cifras del Banco Central le reporta al presidente. Unos 53,000 millones certeros y oportunos, como para celebrar con champán y fuegos artificiales la consagración de una era. ¿Retirada o la llegada del Mesías?

El Nacional

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