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Ensucian con grafitos  una estatua de Juan Pablo Duarte en Santiago

Ensucian con grafitos  una estatua de Juan Pablo Duarte en Santiago

En esas ocasiones en que el ocio urbano se alza con los acontecimientos, el grafitti se equivoca de lugar y va a parar al pie de la sombría estatua de un Juan Pablo Duarte, postergado en casi todo.

Hasta ahora nadie se había atrevido a tanto si se exceptúa al pretendido borracho que se desnudó hace tres años en medio del frío, y orinó tranquilamente el busto del patricio en el pico Duarte.

Sin embargo, entre quienes le honran de palabras y quienes se van tan lejos a ejercer ese tipo de disconformidades, la diferencia se encuentra en millones de pesos y dólares bien guardados.

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Este acto  ha sido repudiado por todos.

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Duarte, su estatua, es el más visitado de Santiago cada año, pero no el más imitado.

Duarte sigue exiliado en un proyecto de saneamiento ético nacional.

Hay un ritual trazado ya por la tradición de llevarle flores y de pronunciar discursos conmemorativos y aniversarios en la peligrosa vía interseccional.

Aunque estas inscripciones sobre el delicado y bello mármol no son lo peor que le puede suceder a la memoria de Duarte, ofendido por la corrupción galopante, sí es una de las más llamativas dado el lugar escogido y las circunstancias del medio empleado.

Es lo que hay desde hace unos días en la frecuentada avenida Estrella Sadhalá  con Juan Pablo Duarte, zona donde confluye un tráfico tan intenso que no permite contemplar nada del fundador y Padre de la Patria y menos aún rememorar sus preocupaciones sobre el destino del territorio que liberara.

La pintada pública, generalmente anónima, casi siempre hecha a crayón y en caracteres inseguros – ninguno de cuyos detalles niega el caso ahora comentado- es una inscripción alternativa, de factura rebelde y juvenil.

No hay la manera de saber por qué fue escogida la figura marmórea de Duarte -quizás porque estando bien mudo se le hace imposible gritar lo que pasa- y mucho menos por qué la inscripción, fácilmente legible,  la relaciona su autor con Barack Obama.

Nunca se sabrán las razones últimas de miles de grafittis (o grafitos en castellano), que ya tenían sus libertarios ejecutores en los tiempos de la romana Pompeya, derribada por la lava y la candela del Vesubio, como sus más libres aún recreadores en mayo del 68 en el París que ardió como para consumirse en una explosión de transformación y rabia que parecía peor de lo que se esperaba de ella.

Embarres ofensivos de la identidad y de la memoria histórica hay en múltiples cuevas del territorio nacional.

Van desde el culturalmente olvidado Charco de las Caritas, en Dajabón, hasta las cuevas del hoy disputado territorio de Los Haitises por el pujante e ilimitado empresariado de nuevo diseño del Cibao.

El graffiti se parece de manera extraordinaria a la decadencia generacional.

Es la expresión de rechazo pero asimismo es el mariguanaza público, el arte anónimo que carece de arte y la cultura del facilismo y la nocturnidad con escalamiento gramatical.

Raramente tiene mensajes políticos, pero cuando los conlleva resultan ardientes y desafiantes.

Es la cultura del hip hop que vino con el big bang cultural de cuatro décadas atrás, cuando toda norma social pareció quebrarse a favor de una nueva visión cultural y social.

Cambió la música, la forma de vestir, creció el pelo, surgieron nuevos valores estéticos, políticos y el mundo de alguna manera se transformó.

La pintada pública

Es una inscripción anónima de factura alternativa,  rebelde y juvenil.

El Nacional

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