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Entre sentencia y circunstancias

Entre sentencia y circunstancias

POR: Pura Emeterio Rondón
puraer@yahoo.es

La sentencia TC/0168/13 del Tribunal Constitucional, junto a las diversas reacciones que ha suscitado, es sólo la expresión jurídica de un tema nodal: las relaciones entre la República Dominicana y Haití.  Dichas relaciones configuran un entramado absolutamente disímil y complejo, y por tanto imposible de abordar honestamente, reduciéndolo a una o dos de sus variables.  Por tanto, es necesario plantear la problemática desde todos sus ángulos, evitando la idea maniqueísta y simplificadora, por la que “tú eres malo y yo soy bueno”.

Pero sobre todo, se impone hacer un esfuerzo por situar cada vertiente del problema en su lugar. Por ejemplo: responder a lo jurídico con lo jurídico; a derechos humanos con lo concerniente a derechos humanos; a prejuicios raciales con ámbitos antropológicos, a hechos históricos, con interpretaciones y discursos históricos.

Sólo con ese mínimo de honradez científica o sentido común, para el caso es lo mismo, podemos despojarnos, aunque sea momentáneamente, de la ideologización y el apasionamiento que tanto distorsionan la realidad.

Esto no significa desconocer que el sentido de identidad y de pertenencia es en gran medida un sentimiento.
En mi caso está claro y partiendo de éste, me sitúo y sitúo mi enfoque del problema, como se podrá notar: en el país es muy frecuente que quien afirme que el Estado dominicano debería tener una política migratoria consistente y como cualquier país en el mundo, decidir soberanamente el ingreso y el estatuto de los ciudadanos extranjeros en su territorio, o quien dice que está de acuerdo con la sentencia mencionada, en seguida encontrará a alguien que le acuse de racista o antihaitiano.

Quien en este contexto afirme que República Dominica es un país pobre, con grados de institucionalidad endebles, con problemas políticos, sociales y económicos que su dirigencia ha sido incapaz de resolver y que por tanto, mal podría pretender asumir los de incontables contingentes de haitianos que huyen de esos mismos problemas en Haití; quien eso afirme fácilmente podrá escuchar que es insolidario con el pueblo haitiano.
Quiero decir que con esta forma de abordar la problemática no es posible diálogo alguno, sino confusión total. Confusión para los dominicanos/as.
Porque para los haitianos/as, pueblo y gobierno, las cosas son muy claras y ellos se unifican en torno a lo que son sus intereses y necesidades, como es lógico que ocurra.
El principal estigma que amenaza y logra la desmoralización y la desmovilización de la identidad y soberanía entre nosotros es la constante acusación y autoacusación de que somos racistas.
Y ciertamente, es obvio, tenemos prejuicios raciales. Pero yo pregunto a quienes logran bajar nuestra moral con ese pretexto: ¿Existe algún pueblo en la tierra que no tenga estos prejuicios? La pregunta no se encamina a justificar antivalores culturales.

Significa que debemos saber ubicarnos frente a nosotros/as mismos y frente al mundo, en igualdad de condiciones y no con el lastre de complejo de inferioridad frente al o lo extranjero y el complejo de culpa (totalmente infundado), frente a Haití y sus ciudadanos.
Porque, ¿Hasta cuándo vamos a cargar culpas históricas de las potencias que dividieron la isla y con las de Trujillo, quien perpetró una masacre contra ciudadanos haitianos en 1937, pero que antes y después también masacró al pueblo dominicano en todos los órdenes que supo y que pudo, durante 31 años?
Pero es que, apartando lo anterior, una cosa es el prejuicio racial y otra la soberanía nacional. Esta es una isla habitada por dos naciones, con pueblos que tienen muchos elementos comunes, pero que son diferentes, empezando por la lengua, que es el factor principal en la creación y transmisión de la cultura.
Pretender mezclar aspectos de ámbitos distintos es sembrar confusión, y esta sombra parece haberse enseñoreado de todos los ambientes del país.
Ahora bien, reitero que las confusiones, las dudas, las inconsistencias, las ambigüedades y pusilanimidad, están de este lado. Pero este espinoso asunto, su origen, causa, efectos y posibles respuestas, según mi criterio, serán objeto de un próximo artículo.
Hay otro elemento que se nos endilga, como si colectivamente todos y cada uno de los ciudadanos dominicanos tuviéramos igual grado de responsabilidad, es el asunto de la contratación abusiva y degradante de mano de obra haitiana, de parte de empresarios inescrupulosos.
Contradictoriamente, esto se aduce para justificar la permisividad completa a la migración haitiana.

Por otra parte, quienes reclaman los justos derechos del trabajador haitiano, casi siempre olvidan que esos empresarios (y el Estado irresponsable) con las mismas acciones, violan también el derecho que tiene el trabajador/a dominicano/a a un trabajo digno y a un salario justo, ya que en las contrataciones no respetan la proporción entre trabajadores dominicanos y extranjeros, que establece la ley. Es igualmente curioso que a estos críticos de las ejecutorias de la parte dominicana, difícilmente se les escucha alguna crítica al Estado haitiano y a sus gobiernos, en relación con los problemas que compartimos.

Pero además, cabe otra reflexión: los propiciadores de la continua y masiva migración haitiana, ¿han medido las consecuencias, que para la convivencia ciudadana puede tener este fenómeno en un futuro no tan lejano, dentro de un país con tan amplios cinturones de miseria?
Finalmente, una vez aplicada esta sentencia, esperemos que la confusión y las habituales presiones internas y externas, no obliguen a seguir repitiendo el indigno espectáculo de la vacilación y la pusilanimidad frente a lo que entendemos justo.

Y a este propósito cabe preguntarse: ¿Y la diplomacia dominicana, qué? Un poco más de respeto por nosotros mismos deberíamos tener y exigir.

El Nacional

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