Opinión

Esa no es mi Constitución

Esa no es mi Constitución

Porque seguramente la mía hubiera sido hasta tres veces más corta, y sin dudas no se hubiera aventurado a trazar conclusiones en debates filosóficos como la definición de la vida o el matrimonio como núcleo de la familia, que además de ser contraproducentes social y económicamente para cualquier sociedad, son cosas que no se van a sostener en el tiempo dentro de la rigidez de un texto constitucional. Además, no me la creo tanto como para hacer de mi percepción sobre esos temas la única, verdadera y definitiva verdad.

Mi Constitución hubiera terminado con la Política Criminal del Estado como obligación (o fijación medalaganaria) del Poder Ejecutivo, y hubiera otorgado plena responsabilidad  a un Ministerio Público independiente y responsable de ella frente al pueblo, que en todo caso, le hubiera elegido directamente. Así, de una vez y por todas, eliminamos el más que evidente conflicto de interés de un empleado (el Procurador General) investigando y persiguiendo las actuaciones de su jefe (el Presidente) o sus lacayos (los funcionarios), y quizás por ahí, empezar a tratar con un poco de seriedad tanto la corrupción administrativa, como la complicidad de las instituciones del Estado en algunos actos del crimen organizado.

La Constitución Dominicana hecha por Orlando Gómez ni en un millón de años se hubiera entusiasmado con la idea del Estado Social de Derecho, ni pretender elevar una serie de privilegios a categoría de derechos constitucionales, sin medirse siquiera si estamos en condiciones de proveerlos, o si realmente es necesario hacerlo. Me confieso enamorado de la simpleza de “Consideramos todas estas verdades como evidentes, que todos los hombres fueron creados iguales, que les fueron otorgados por su Creador ciertos derechos inalienables, que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, e igual me da alergias el “dame, dame, dame” que implica un Estado Social.

En el texto de mi Constitución, me hubiera dado el gustazo de eliminar de un plumazo 12 senadurías, casi 100 diputaciones, 21 provincias y sus respectivas gobernaciones, y cerca de 150 municipios con sus síndicos y regidores incluidos. Ya hasta se me salen las lágrimas de la emoción pensando en los miles de millones de pesos ahorrados que nos daría un solo párrafo de mi Constitución.

Viendo lo anterior, para mi Constitución, me habría asegurado que las obligaciones del Estado fueran tan mínimas, que cualquier noche de pasión en un motel entre éste y el bolsillo de los contribuyentes fuera incapaz de sostenerse un mes sin significar la muerte política de quien lo propusiera.

Pero lamentablemente esa que aprobaron, aunque la aborrezca, es mi Constitución, y me la voy a tener que aguantar hasta que me muera o hasta que logre escaparme de este país, cualquiera de ésas que venga primero, esperando con ansias que sea la segunda y no la primera.

¡Y nada! En lo que logro cerrar el plan de mi escape, y sugiero que lo haga usted también, ya compré las rosetas de maíz y el refresco rojo para sentarme a ver la novela que la aplicación de ese pedazo de papel de baño (usado) va a desencadenar una vez se aboquen a su implementación.

No sé usted, pero yo ya fui a la banca y puse mi apuesta, de tres a cuatro años antes de que la modifiquen. ¿Quién da más?

El Nacional

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