La noche del sábado es Nochebuena, y cuando el reloj marque las doce de la medianoche, celebraremos el natalicio de Jesús en Belén, que sin duda es la fiesta más importante de la liturgia cristiana. Aún cuando el día del nacimiento del Redentor no aparece en las Sagradas Escrituras, motivo por el que los Testigos de Jehová consideran pagadas estas festividades, lo cierto es que la humanidad ha consensuado en esta fecha rendirle homenaje al hijo del Todopoderoso.
Ahora bien, ¿nació verdaderamente el 25 de diciembre? Si nos aferramos a pie juntillas al relato ofrecido por Lucas en el versículo 2.8, parecería que no. Había pastores en la misma región que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebano, escribió el apóstol. Si es así, hay razones para creer que Jesús no vino al mundo en diciembre, toda vez que bajo el frío inclemente del invierno no se pastoreaba ni se pastorea todavía al aire libre.
Sea como fuere, el domingo es Navidad y los cristianos conmemoramos la llegada del primogénito de Dios. En lo personal, será una fecha difícil, porque echaré de menos a mi padre, quien el 10 de junio pasado emprendió el viaje sin retorno. Los recuerdos de mis pascuas de infancia han empezado a sacudirme, y muy en especial aquellas mañanas de Navidad que despertaba impaciente por abrir los regalos que él, en nombre de Santa Claus, me dejaba en el arbolito para alegrar mi inocencia. A mi papá dondequiera que esté, y a ustedes que me honran leyéndome cada miércoles, les deseo una muy feliz Navidad.

